El pedestal

Oteiza es grande. Es muy grande. Nadie se atreverá a sostener lo contrario. El nos enseñó  que el producto final tiene escasa importancia; lo verdaderamente relevante es la experiencia vivida durante el proceso de elaboración del producto. Le asiste toda la razón al viejo maestro escultor. El hombre tiene la virtud, o el defecto, según se mire, de decir cosas importantes y plausibles en el camino que lo conduce a la cúspide. Pero una vez arriba, se vuelve tan vulgar como el resto de los mortales. Esto lo mismo vale para un virtuoso escultor que para un  escritor reconocido.

Aunque lo contemplemos boquiabiertos, el hombre del pedestal no es nadie, vive de rentas, cuando no de acciones y obras fraudulentas. Es un hombre muerto en vida. Nuestra admiración hacia el hombre del pedestal no nace de la capacidad de valorar el camino recorrido hasta llegar a la cima, sino de nuestra ignorancia, de nuestra subyugación; lo admiramos, acríticamente, porque, sencillamente, lo vemos en el pedestal.

23 de septiembre de 1994

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