Hay que discernir la espiritualidad y la religióm

Recordemos que tenemos un pasado. Aunque por el tiempo cronológico pudiera considerarse reciente, por el veloz discurrir de los acontecimientos podríamos decir que ese pasado queda bastante lejos. En ese pasado, la espiritualidad y religión no han tenido acotado cada cual su territorio. La espiritualidad ha estado integrada en la religión o supeditada a ella. La religión (en general)  ha sido una institución poderosa en la tierra. Tan poderosa que, como hemos dicho, la religión ha mandado siempre sobre la espiritualidad. La religión ha sido históricamente la que ha dado forma a la dimensión espiritual de la persona humana, con el paradójico resultado de que nos hemos quedado con la forma obviando el contenido.

Eso acarrea unas consecuencias: el absolutización de la religión, desconfianza hacia la espiritualidad y hacia todo lo relacionado con ésta.

La abosolutización de la religión es una cuestión fácil de entenderla. El quid de la cuestión está en la definición de la religión. De acuerdo con esa definición, la religión es la referencia de todo lo divino. Es intocable, igual a Dios, de donde se sigue que el que quebranta la religión o la ley divina recibirá el castigo de Dios, erigiéndose en juez y ejecutor del castigo su máximo representante en la tierra, la Iglesia.

Son palpables las consecuencias de la absolutización de la religión. La primera de ellas es la intolerancia. No hay que ser un lince para comprender que todo absoluto reclama la exclusividad para sí, puesto que no es posible más de un absoluto. Junto a ese primer efecto también la desconfianza y enemistad manifiesta a otras formas de religión o espiritualidad.

La Ilustración, según apuntan algunos estudiosos, consideró la religión como una de las cosas a replantear, y trajo consigo una enorme merma de la dimensión espiritual por confundir ésta con la religión. La sociedad perdió en humanismo, lo que José Miguel Barandiarán expresaba en euskara con este término: Gizabidea. Ya hemos dicho que es muy importante la dimensión espiritual de la realidad. La religión, por su parte, al sentirse atacada, pondrá en marcha sus mecanismos de autodefensa, enfocados en dos frentes: beligerancia y victimismo.

Hoy en día sabemos que la religión es una construcción humana, un constructo nuestro, para canalizar a través de la religión la dimensión espiritual de la realidad. Y en la medida en que es un constructo humano, está, evidentemente, asociada al contexto cultural de cada momento histórico, como no puede ser de otra manera. Por lo tanto, tiene una “absoluta” relatividad y, como salta a la vista, cuando algo relativo se absolutiza la perversión no se hace esperar.

Según he leído a algunos maestros en la materia, la espiritualidad hace referencia a la dimensión profunda de lo real. Al Misterio que Es y que Somos. Pero cuando se dice misterio no hay que entenderlo como enigma, como problema o algo tenebroso. Sino todo lo contrario. El Misterio al que se refieren los maestros es algo profundo, intangible, pero que nos mira desde todos los ángulos de la realidad.

La religión es el mapa que apunta hacia el territorio; la espiritualidad es el propio territorio.

La sonrisa de una niña, un hermoso paisaje, el silencio en la naturaleza, la experiencia de la unicidad de lo que nos rodea, la felicidad en los ojos de la enamorada, la ternura de una madre, sentimiento de plenitud y todos los sentimientos que despiertan en nosotros asombro, admiración, fuerza interna, júbilo, placer, paz, creatividad, solidaridad, tranquilidad, amor, agradecimiento… nos remiten al Misterio y es espiritualidad. Cuando transcendemos los valores pragmáticos y contemplamos en la quietud, hemos llegado a la espiritualidad. Unamuno es un maestro espiritual cuando hace observar a Augusto, en Niebla, cuán bello es un paraguas cerrado sin tener que utilizarlo contra la lluvia.

Lógicamente, o no sabemos por qué, no es lo mismo vivir en un humus cultural determinado que en otro. Por ejemplo, si concedemos únicamente status de realidad a aquello que podemos tocar o ver, nuestra experiencia como seres humanos pensantes y creativos será muy pobre. Si nos olvidamos del misterio con todo lo que más arriba hemos relacionado, ¿qué no nos queda? Un mundo aburrido, un mundo competitivo, caracterizado por la ley de la selva donde la mayoría son apartados de la circulación, un mundo mudo, sin color ni sabor.

La intolerancia de la religión

En pasaje del evangelio de Lucas (9,51-55), se dice que en cierta ocasión, en un barrio Samaria, no quisieron recibir a Jesús. Entonces se le acercaron Juan y Santiago, que estaban con él, diciéndole:

—¿Quieres que pidamos llueva fuego desde el cielo y se abrasen todos?

Pero Jesús se enfadó mucho con ellos y los reprendió. Porque él no había venido a reprimir al hombre sino a salvarlo, y a salvarlo desde ya.

Pero a pesar de las recomendaciones de Jesús, la intolerancia se instaló entre los hombres y más, paradójicamente, entre los que decían actuar en su nombre. ¡Qué aberración¡ El fuego de Samaria estuvo reservada a la inquisición. Es obvio que la Iglesia no obedeció a Jesús.

Según he oído, no me acuerdo ahora a quién, Andre Sajarov define así la intolerancia: «Es la angustia de no tener razón.» Si nuestra forma rebatir al contrario es descalificándolo, es señal inequívoca de intolerancia que se traduce en falta seguridad propia y necesidad imperiosa de tener siempre razón.

La verdad es que, por una u otra razón, los humanos somos seres muy inseguros; por supuesto, algunos más que otros. Necesitamos seguridades, nuestro ego necesita “certezas”. La religión da toda la “seguridad” del mundo, seguridad “absoluta” porque la religión está “unida” al Absoluto. Nos “une” con Dios y a partir de ahí no hay ninguna inseguridad. Y comenzamos a defender a Dios a cualquier precio –que es una doble ofensa contra Dios– y con ello hemos llegado a intolerancia.

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