“He declarado la guerra a las apariencias”

“No me importa no ser políticamente correcto; en todo momento diré lo que me apetece, aunque eso tenga un coste personal para mí”

 

Así se despachaba un amigo mío, mientras tomábamos un café mañanero en la barra de un pequeño hotel, en la zona de Goierri guipuzcoano. Según mi estimado amigo, las apariencias, aunque un proverbio popular diga que engañan, cuentan mucho en esta vida y no dudamos guardas las formas. Sentimos una imperiosa necesidad de ser políticamente correctos. En ello nos va la vida. Muchas veces ocultamos aquello en lo que creemos, no lo proclamamos abiertamente, incurrimos en contradicción, no decimos lo que pensamos, sacrificamos la sinceridad para quedarnos bien ante quien corresponda. Pero mi amigo ha decidido que de ahora en adelante no le va a importar no ser políticamente correcto. Piensa decir su verdad en todo momento, aunque eso tenga un coste personal para él. Pero ¿no se paga, a veces, también un precio elevado por ser políticamente correcto?

Mi amigo atribuye a la presión social muchos comportamientos cobardes. Me decía que el otro día un joven le llamó la atención por haber publicado un twett en castellano. Por lo visto, eso no se ajusta a la idea que tiene el joven, de mi amigo: tenía que haberlo emitido el mensaje en euskara. Y, por otro lado,  mi amigo no descarta que esté a llegar el César Vidal de turno, diciendo que “el vascuence tono tiene universales” y otras lindezas y poniendo de relieve la “superioridad” del castellano. Mi amigo ha decidido usar ambas lenguas y además, muchas veces, simultáneamente, dependiendo del tema y oportunismo del momento.

Mi amigo proseguía su discurso con reflexiones como ésta: “Parece ser que se ha convertido en un pecado imperdonable el defraudar a alguien. Porque todos te tienen catalogado y etiquetado. Hablo en general. “A” da por hecho que fulano pertenece al área de su influencia, “B”  que pertenece a la suya. Resultado: que a veces coincide con “A” y otras veces con “B”, y muchas veces ni con “A” ni con “B”. Actuamos autónomamente, y eso no gusta a ninguno, y  todos te pondrán en cuarentena”.

Mi amigo tiene razón. Somos muy sensibles. A la persona humana no le gusta que lo echen del grupo, que le hagan de menos. Por eso paga, a veces, un peaje alto. Antes de verse marginado, prefiere tragarse muchas cosas y decir o escribir esto en lugar de aquello. Impera el miedo a moverse, porque siempre se ha dicho que el que se mueve no sale en la foto. Yo creo que el responsable de lo que nos sucede es nuestro ego, es decir, no lo que somos sino lo creemos ser. El ego se sustenta en la palmadita en el hombro, en el halago, en la fama, en el aplauso, en la apariencia, en tener cosas, le gusta comparar y verse aventajado, es un gallo con el plumaje ahuecado para llamar la atención sin que ello suponga un crecimiento interior. Y hace muchas concesiones para ser saciado con todo eso que acabamos de mencionar

El amigo estuvo de acuerdo en lo que yo dije, pero añadió que el realizar demasiadas concesiones también exige su contrapartida: “Sentimos que estamos vacíos por dentro, ha aumentado nuestra infelicidad que no sabemos a qué atribuírla, nos sentimos utilizados, aparece una oscuridad ante nosotros, nos hemos dejado llevar, nos vemos manipulados, tenemos miedo de que nos vuelva a ocurrir lo mismo, es una personalidad herida la nuestra. Lo peor es que, aunque nos damos cuenta de lo que nos pasa, no tenemos fuerzas para decir ¡basta ya!”

Cogió carrerilla y no pude evitar que se apropiara de mi turno: “Pero hay que levantar la cabeza. Detenerse y pensar que es una aberración entregarse a una tarea en la que no creemos. Es como caerse en la prostitución el hacer algo contrario a nuestras convicciones sólo por el interés económico y por la seguridad provisional que eso nos otorga. Muchas veces justificamos el comportamiento con la  promesa de que con la primera oportunidad las cosas van a ser de otra forma, pero la comodidad no nos deja arrancar de una vez y romper la espiral, para ponernos en camino de la auténtica felicidad.”

Según mi amigo, en la vida diaria damos muestras evidentes de que cedemos terreno fácilmente. Nos cuidamos mucho de no dar nuestra opinión en determinados círculos por no molestar, porque pensamos que podríamos herir la sensibilidad de alguno, podría enfadarse y perder la amistad con esa persona. En fin, son cosas del ego superficial que hace que nos retraigamos en ciertos ambientes. La verdad es que no sabemos hasta que punto merece la pena tener relación con una persona que no nos respeta ni nos acepta, que nos hace de menos, etc. Tenemos que dejar de mendigar aprobación y trato. Hay que pensar también muy en serio si merece la pena exponer tus ideas, porque corres el riesgo de que no te escuchen, el peligro de que no te entiendan, el prejuicio o el estereotipo que han formado de tí no les admita aceptar lo que dices.

Desde luego, ser auténtico no es polemizar, hay que saber callarse, no ser agresivo en las exposiciones, medir lo beneficioso o nocivo que puede ser tanto para tí como para los demás que están implicados en la discusión, no pretender que nos den siempre la razón aunque la tengamos. Sin embargo, una vez más, habría que sopesar por qué nos callamos o no exponemos nuestra opinión, si es por respeto, porque el ambiente no es receptivo, porque tenemos miedo a perder algo, o si es la falta de seguridad lo que nos hace callar.

Después siguió mi amigo en solitario: “Aunque nos callemos siempre hay que estar atento a la voz interior, nuestra autoestima no debe sufrir, no puede decaer nuestra confianza en nosotros mismos, debemos ser auténticos diciendo y haciendo aquello que nos sale desde dentro”.

 

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