Perdón y salud

El perdonar no es hacer ningún favor a nadie, sino hacértelo a ti mismo.

Cuando hablamos de salud, normalmente, nos referimos a la salud física o corporal. Pero, para que el cuerpo funcione bien, nos sintamos bien, imprescindible que la mente también esté bien, tengamos una cabeza sana. En muchas ocasiones, nuestro cuerpo es el espejo, el reflejo, de lo que nos ocurre en la mente. Y, para estar y ser sano, una de las cosas más importantes es el saber perdonar. El perdonar no es hacer ningún favor a nadie, sino hacértelo a ti mismo. El no saber personar es llevar un gran peso que te oprime el corazón. Por el contrario, el perdonar es sinónimo de liberación.

Muchas veces, es muy difícil perdonar, pero muy necesario para nuestra salud mental y corporal. Cuando nos hieren, sentimos la tentación de responder con la misma moneda, contestar con el mismo lenguaje, tomar venganza. Rehuimos de la persona que nos ha ofendido, le damos esquinazo; a poder ser, tomamos caminos divergentes. Porque, si nos encontramos, acudirán a nuestro pensamiento y a nuestro sistema de emociones sentimientos de rencor y odio.

Perdonar no es sinónimo de olvidar; no tiene que ver nada con la memoria ni con la amnesia. Perdonar es colaborar conscientemente a que la herida se cicatrice, sin cerrar la herida en falso, y, luego, aprender a vivir con esa cicatriz. Entonces, la herida y todo lo que sucedió a torno a ella lo recordaremos sin dolor y sufrimiento, entonces podremos decir que psíquicamente estamos sanos, estamos bien, prestos a recibir lo primeros destellos de la felicidad.

 Algunos piensan que perdonar significa, sutil o implícitamente, aprobar o aceptar la actitud del otro. Y te lo expresan de esta forma: «Bien, pero si le perdono, de alguna manera, estoy aceptando su comportamiento.» ¡Nada más lejos de la realidad! Es cierto, para perdonar es necesario comprender en alguna medida a la otra parte, pero eso no te obliga a que estés de acuerdo con lo que ha hecho. La mala acción siempre es detestable, aunque tratemos de comprender a la persona que la ha cometido. Muchos arguyen que la acción y el actor son una misma cosa, no hay tal dualidad. Es cierto. Pero recuperando al ejecutor evitaremos la ejecución, precisamente porque no existe la dualidad.

 El perdón también tiene otro aspecto muy importante. Nunca estemos pendientes del arrepentimiento del otro para ofrecer nuestro perdón. (Jesús siempre lo ofrecía “gratis et amore”). Me cuesta creer que el que no entienda esto esté en la órbita del mensaje de Jesús. En ocasiones, nos gusta realizar arduas investigaciones para conocer la posición del otro al respecto. El problema no es lo que hace el otro, sino lo que deseamos nosotros para nosotros mismos. El problema del arrepentimiento no afecta al que perdona. Al que perdona únicamente afecta el perdonar o no perdonar. Por otro lado, el perdón no es un mecanismo para redimir al culpable, sino un mecanismo para eliminar mi amargura interna.

 Para facilitar las cosas hay otro sistema: no pensar demasiado en el pasado, agarrarnos más al presente y no tanto al pasado ni al devenir. Decirte a ti mimo que ya has perdonado y que no quieres saber nada más de eso. Así, de paso, evitas el tener que estar criticando al que ha ofendido para obedecer a tu interior sufriente, y desaparece la tentación de atacar al que te ha hecho daño. El saber perdonar nos libera de muchos trabajos y de muchos malos tragos.

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