La conciencia debe evolucionar hacia la sabiduría

En nuestra cultura racionalista el ego ha tenido un protagonismo muy destacado. Pero parece que ese protagonismo va disminuyendo, afectado por el tiempo y la evolución del género humano. Como no puede ser de otra manera, su contribución al desarrollo de los últimos 2.500 años será integrada en un nivel nuevo de conciencia.

La característica principal de esta cultura del ego es que la realidad se ve como fraccionada, dividida en diferentes objetos. Esto es una resultante de nuestra mente que puede intervenir únicamente diferenciando el observador de lo observado. Lo individual prevalece sobre lo común. El capitalismo, símbolo inequívoco de este tiempo, se puede calificar de “egoísmo económico institucionalizado” (cf, M. Lozano).

Hay que hablar, sin duda alguna, de la conciencia personal y hay que subrayar, al propio tiempo, el avance que supuso respecto de la conciencia prepersonal –aún no se ha prefigurado el “yo” frente al “tú”, aún no hemos tomado conciencia de nuestra mente y la capacidad de pensar por uno mismo–. Eso llegará con la conciencia personal, también llamada racional-egoica.

Pero con la conciencia personal llega un individualismo exacerbado, un egoísmo acentuado, junto a miedos y falta de seguridades. Busca el bienestar personal como fin último de la vida. Su lema será: “valgo lo que tengo”. Se lanzará tras el dinero y los bienes materiales. De ahora en adelante verá todo bajo el prisma de su ego.

El problema se verá agravado en caso de falta de afectividad. En ese supuesto, la persona insegura tiende a acaparar sin reservas y es presa de enormes reticencias para compartir. Se aferrará compulsivamente a todo aquello que se le antoja como sostén y soporte de seguridad como pueden ser el dinero, atractivo físico, fama, etc.

Tampoco podemos pasar por alto el ansia de felicidad, signo inequívoco de este paradigma cultural, y nos hemos abandonado a los brazos del consumismo con una confianza ciega de lograr lo que ansía el corazón. El consumo ofrece todo tipo de disfrutes, a cual más eficaz para conseguir la felicidad, con novedades cada instante y en cadena, cadena que parece tener infinitos eslabones, con capacidad y propiedades para hacer olvidar cualquier vacío. Pero el vacío es un roedor muy potente e impone su ley la mayoría de las veces. Nos referimos, sobre todo, al vacío esencial, definido por los especialistas como “deseo sin fondo por carencias en nuestra vida  e irresoluble mientras la persona se perciba como identidad separada; dado que el yo no existe -o existe sólo en la mente como constructo que no encuentra fundamento- su contenido real es vacío” (cf, M. Lozano).

La felicidad difícilmente puede echar raíces desde el consumismo. La base debe ser el compartir, la solidaridad, atrasar nuestra posición para que pueda adelantarse el otro a recoger su pan, integrar nuestro ego, desterrar el individualismo, abrirnos a lo demás. El deseo egoísta sin límites siembra frustración, pues la sed de posesión no tiene fin. La codicia debe dar paso a la generosidad, a la compasión. En definitiva, actuar con sabiduría.

La conciencia, precisamente, ha de evolucionar hacia la sabiduría. Necesitamos un nivel de conciencia integral, transpersonal, donde, como decía un monje del siglo IV, pseudo Basilio, todos nos sentamos órganos de mismo cuerpo (cf, M. Lozano). El Todo debe prevalecer sobre las partes, concienciarnos de que el otro es no-diferente a mí. Desde esta nueva conciencia debe surgir una nueva ética que supera la avaricia personal y florezca la solidaridad. Si nos quedamos anclados en el nivel mítico o racional, imposible de darnos a los demás, de practicar la solidaridad.

En Jesús, por ejemplo, se ve con meridiana claridad esa conciencia unitaria cuando dice: «Os aseguro que todo lo que hicisteis por uno de estos hermanos míos más humildes, por mí mismo lo hicisteis.» O cuando enseña: «El Padre y yo somos uno solo. » Jesús proclama la fraternidad, la solidaridad, la sabiduría como ideales de esta vida, desde la perspectiva de una nueva conciencia que nosotros, con los estudiosos del tema, le llamaremos conciencia integral y transpersonal (cf, M. Lozano).

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