Dios y el proceso evolutivo de la conciencia

Dios es la totalidad, pero no como una suma de elementos y fenómenos, sino la Totalidad que no podemos captar ni decir, porque está detrás, delante  y encima de todo, nosotros mismos pertenecemos a esa Totalidad… Dios es el Misterio silencioso, absoluto, incondicionado, incomprensible (cf, Karl Rahner).

 Cuando estamos identificados con algo, es imposible que lo pongamos en tela de juicio. Así, mientras permanecemos en el estadio mítico, no lo podemos cuestionar. Lo haremos cuando vayamos avanzando en la conciencia racional. Cuando tomemos distancia del nivel mítico iremos integrando el conocimiento anterior en un marco nuevo.

Hay  un equívoco que conviene aclararlo. Cuando en un proceso evolutivo decimos integrar, no se trata de negar ni de desechar nada de lo anterior, sino incluirlo en un nivel superior y transcenderlo. En el nivel mágico de la conciencia ¿es posible no pensar en un Dios mágico? No. Tampoco es posible en el nivel mítico de la conciencia dar otra explicación distinta de la que se dio sobre, por ejemplo,  de la Creación.

Lo característico de los niveles mágico y mítico era concebir a Dios como un ser separado, en el exterior, habitando su cielo. «Hura han zagok, han bere zeruan», cantaba Xabier Lete (Allí está Aquél, allí en su cielo). Pero según concebimos ahora el mundo, aquella forma de imaginar a Dios no es concebible. No puede haber un Ser separado de la realidad; no es creíble una realidad final infinita separada y dividida; es, simplemente, impensable.

No nos gusta que (se) nos muevan los cimientos; de entrada, no es gratificante. Vivimos de nuestras seguridades, habiendo empezado a adquirirlas desde niño. Ocurre que, aún sin tener los planos del nuevo edificio, se nos tambalea lo que ha sido nuestro queridísimo hogar durante tanto tiempo. Nos sentimos mal, como si hubiéramos aprendido todas las respuestas de un cuestionario y en el momento decisivo nos cambian las preguntas.

En esta tesitura nos aborda una inquietud muy grande. Puede derivar en un inmovilismo peligroso, en un dogmatismo o fundamentalismo cerrado y una intransigencia que complica, incluso, la convivencia con los que tienen una concepción más abierta de la vida. No tardan en llegar los dueños de la verdad, los salvadores de la verdad pura. No obstante, no es más que la postura que se adopta desde el estadio de la conciencia mítica, anterior.

Es obvio; en la Modernidad se ha cambiado nuestro modo de comprensión, nuestro marco de relación. ¿Entonces qué ocurre? Por ejemplo, que es imprescindible replantear la forma de la fe, de acuerdo con la nueva cultura. Pero ¿qué nos pasa? Que eso no es posible desde un planteamiento dogmático que exhibe lo que no son más que formas anticuadas como realidades incuestionables.

Con el cambio del paradigma cultural, en vez del Dios intervencionista, según Xabier Lete alejado allí, allí en su cielo, surge un Dios personalista que corresponde a una mentalidad egoico-racional. Pero nuestra mente, con su lenguaje racionalista, no puede tampoco nombrar adecuada y ajustadamente a Dios. Porque el pensamiento sólo puede ver la realidad dividiendo y separándola. Separar es sinónimo de fraccionar, y al nombrarla así la objetiva, es decir, la convierte en objeto.

En nuestra mentalidad, al nombrar a Dios, dejamos fuera todo lo que no es Dios. Pero ¿cómo puede haber algo fuera de Dios? ¿Cómo podemos concebir un Dios que no incluye todo lo que es? Lo curioso es que llevamos siglos con la paradoja de presentar lo infinito separado de lo finito. Pero ¿de qué infinito estamos hablando cuando hablamos de un infinito que no incluye absolutamente todo, también lo finito? No hay infinito dejando algo fuera.

En Dios está TODO. Dios es presente. No se puede encontrar a Dios en otro lugar y en otro tiempo. Estamos y vivimos en Dios, porque, como hemos dicho, incluye todo. Hay un requisito: nos tenemos que dar cuenta de que no podemos no-estar en Él.

Dios es vacío infinito lleno de energía. El vacío es lo eterno. El universo no es más que lo que procede de una explosión de una parte pequeña de este vacío. Si queremos encontrar a Dios tenemos que mirar más allá de nuestras ideas religiosas. Debemos encontrar el presente y permanecer en él. Según Enrique Martínez Lozano, Presente es otro nombre de Dios. El presente nos abre el camino a Dios, como silencio que está detrás de todo lo que vemos. Somos en Presencia, en Dios, el Amor que nos hace ser, fuera de eso no somos. Iba decir no somos “nada”, pero al negar dos veces, afirmo; entonces doy por acabado justamente antes del último punto y seguido.

Bibligrafía principal:  ‘Vivir lo que somos’, E. Martínez Lozano.

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