Sócrates y Jesús

No es muy difícil encontrar, a lo largo de la historia, figuras con un perfil muy parecido en lo que a la sabiduría y a la forma de proceder se refiere. Podríamos enumerar más casos pero hoy vamos ceñirnos a Sócrates y Jesús, distantes cronológicamente unos cuatrocientos años.

Sócrates no dejó nada escrito; sus discípulos se encargaron de divulgar las ideas del maestro, especialmente Platón. Jesús tampoco escribió nada, aunque suponemos que sabía hacerlo; si bien, hay por ahí algún autor destacado que dice ignorar si Jesús sabía leer y escribir. A mí, personalmente, me cuesta creer que no supiera. Su pensamiento y su forma de proceder quedaron reflejados, principalmente, en los Evangelios tanto canónicos como apócrifos.

A ciencia cierta no sabemos exactamente lo que dijeron ni Sócrates ni Jesús, porque todo está mediatizado por la intervención de sus seguidores. Ahora bien, a mí no me cabe la menor duda de que lo fundamental de sus respectivos mensajes sí ha llegado hasta nosotros, a pesar de los muchísimos intereses —por lo menos en el caso de Jesús— que han mediado, oscureciendo o interpretando el contenido en beneficio de dichos intereses.

Hay que hacer una observación muy importante: los escritos están elaborados en un nivel de conciencia mítico y eso hace no sólo necesario sino imprescindible traducirlos al lenguaje actual del estadio racional, huyendo de una lectura literalista; y no digamos nada si admitimos, como vislumbran muchos, que estamos en el umbral del nivel de conciencia transpersonal y modelo de cognición no-dual; y, por supuesto —ya nadie lo duda—, en el paradigma cultural posmoderno.

Vayamos a la constatación de los hechos según los correspondientes intermediarios. Dicen que la madre de Sócrates era matrona. El hijo comparaba el arte de ayudar a parir con su actividad. La matrona no da a luz, ayuda a hacerlo. Sócrates tampoco enseña en el sentido genuino de la palabra, sino que empuja y despierta a la gente para que aprenda. Jesús hace lo mismo: constantemente invita a sus discípulos a actuar, a obrar bien… Sócrates dirá que la verdadera sabiduría nace del interior de uno mismo. Jesús se empeña en recalcar que hay que renovarse interiormente, no vale hablar de boca; hay mil ejemplos a lo largo de los textos evangélicos. Sócrates hacía mención a una voz divina que llevaba dentro (tomó conciencia que tenía una misión importante en este mundo). Lo mismo que Jesús. Vino a cumplir la voluntad del Padre (Abba) —Él, El Que Es—, a anunciar la buena nueva (tomó conciencia de que debía de liberar de sus ataduras a la persona, y no a atar a nadie como luego han hecho muchos en su nombre).

Sócrates protestaba airadamente en contra de tener que participar en condenar a la pena de muerte a la gente. Jesús no dejará que apedreen a una mujer: «El que esté libre de pecados que lance la primera piedra.» Sócrates no quiso delatar al adversario político. Le acusarán de crear dioses nuevos y poner a la juventud en el camino de la perdición. A Jesús le acusarán de erigirse en Dios, de transgredir la ley de los profetas. Jesús pronuncia palabras muy duras contra su delator. En realidad, ambos fueron condenados, uno a tomar el veneno y el otro a morir en la cruz, porque molestaban a la autoridad. En el caso de Jesús, sobre todo a la autoridad religiosa. Pudieron pedir clemencia. Pilato, seguramente, hubiera preferido no tener que lavarse las manos si, cuando le preguntó «Así que tú eres Rey», le habría contestado otra cosa en lugar de «tú lo has dicho.»

Ninguno de los dos pidió clemencia. Fueron consecuentes hasta el final. Sentían lo que decían y decían lo que sentían, como diría Jon Sarasua. Lucharon contra la injusticia, criticando a quien lo provocaba y socorriendo a quien lo necesitaba. No se puede separar su mensaje de su coraje personal. Fueron valientes estos dos enigmáticos pero claros exponentes de la historia. Marcaron el devenir de la humanidad, aunque, si fuésemos más consecuentes los que decimos ser sus seguidores, el mundo tenía que haber mejorado bastante más.

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