Teísmo y no-dualidad (Xavier Melloni)

En la primera parte trató de clarificar las diferencias que existen entre la concepción teísta y la concepción no-dual u oceánica. El paradigma bíblico o teísta está basado en la fe. El paradigma oceánico o no-dual está basado en la conciencia. Hay que distinguir entre creyente y crédulo, son dos cosas muy diferentes. Lo que estructura la fe en el creyente es la obertura. La fe es entregarse con confianza a todo aquello que nosotros desde nuestro ángulo no agotamos, no comprendemos, ni percibimos. Aquello que continuamente nos transciende. En lo humano hacemos muchas veces un acto de fe. Nuestras relaciones humanas están basadas en la confianza. Cuando se rompe la confianza surge una quiebra muy grave. No podemos abarcar todo, entonces nos confiamos a la fe. En el paradigma teísta, ésa es nuestra relación con Dios.

En cambio, lo que concierne al paradigma no-dual u oceánico es la conciencia, no se trata tanto de creer sino de vivir, cuanto de comprender, de asimilar, hacer consciente en el propio ser y esa conciencia ella misma es la que va estructurando una obertura. Pero esa conciencia, es muy importante decirlo, no es la mente, no nace de la mente. Eso sería sólo un pensamiento, un razonamiento. La conciencia de la que se habla en el paradigma no-dual pertenece al SER. No al orden de tener o hacer. Y cuando se  produce esa radical comprensión del SER, ese movimiento, digamos, se llama iluminación. La iluminación es una obertura de la totalidad de la persona. Toma conciencia de que su “ser” no está separado del SER. El ser en minúscula es una participación del SER en mayúscula y no hay ninguna separación. No es una cuestión de fe, es una cuestión de conciencia, ésa es la diferencia entre ambos paradigmas.

En estos momentos hay un movimiento, no regulado, un dinamismo, no-dual contemporáneo. Personas que han tenido una determinada experiencia mística, que no lo expresan en un lenguaje religioso convencional cristiano sino en el modo en que ellos han entendido. Se han visto mejor apoyados para expresarlo en la clave de la no-dualidad (omitimos nombres). Intentan compartir experiencias radicales, todos ellos son buscadores que han pasado por momentos de crisis donde su misma búsqueda ha llegado al límite y se han quedado bloqueados, en estado de saturación, de colapso. A todos ellos les ha llegado una ráfaga de gracia, una experiencia de iluminación. Desde ese momento han comprendido las cosas de un modo diferente a como veían antes.

La perfecta brillante quietud (David Carse). Es una forma de hablar de Dios pero en un lenguaje no-dual. David Carse tuvo una experiencia muy profunda en la selva. Resumiendo: llegó a un estado de desesperación. Pero se relaja y dice: “¿Si me muero qué pasa? Acaso la selva no es un lugar ideal para morir?” Ese pensamiento lo libera y le hace entrar en otra región de sí mismo, deja de ser Yo (esa membrana egoica de autoconciencia), y empieza a manar la perfecta radiante quietud. Ha quedado la conciencia de que forma parte de esa inmensidad que en él toma una forma específica de Carse como en cada uno de nosotros toma una forma específica de nuestro nombre y apellido pero no son más que modulaciones posibles del único ser o esa única presencia que emana por doquier y de la cual cada uno de nosotros es sólo una manifestación.

Lo que es visto no puede nunca ser no visto, todo es perfectamente simple. Simple y siempre por doquier perfecta brillante quietud. Y nada. Un no, algo sin nombre, vertiéndose continuamente, viéndose ahora siempre, no desde esta cosa mente-cuerpo. No hay seres separados, sólo hay presencia manando a través de estas formas aparentes, la realización consiste en ver que esta conciencia, presencia, todo lo que es es lo que en verdad se es.

Ahora mismo somos esa presencia manando continuamente en forma de cada uno de nosotros. Esa presencia nos permite estar aquí entendiéndonos, percibiéndonos es esa perfecta brillante quietud, desplegándonse y “difractándose” en cada uno de nosotros. Cuando ese comienzo no se pierde sino se ensancha nos vamos adentrando y al mismo tiempo que vamos adentrando vamos ensanchando. Es lo mismo que nos ha pasado aquí al entrar en esta iglesia. Nos adentramos y al mismo tiempo que nos recogemos nos desplegamos, entonces estamos en esa perfecta brillante quietud.

Ya no separados, mente-cuerpo entendido como instrumento de individuación, porque no podemos dejar de percibir que nuestra conciencia de aquí y de ahora se produce a través del sitio en que cada uno de nosotros estamos sentados. Tenemos un perfil, un contorno en el que estamos situados en el tiempo y en el espacio, “situacionados” en el espacio. Pero esa situación es solo el punto de partida para el “adentramiento” en esa totalidad de la que no estamos sino inmersos, no podemos estar fuera de esta totalidad. Entonces, eso no es una creencia sino que es una experiencia, una experiencia que pasa por la conciencia de tener esa experiencia.

Entonces de lo que se trata es que la religión, la religación que da una estructura religiosa sea la posibilidad de prolongación, perpetuación, sedimentación de eso que vivimos en algunos instantes fugazmente. Las religiones no están más que al servicio de la prolongación de algunos momentos fugaces hemos experimentado pero también hemos padecido su fugacidad.

Los maestros o los fundadores de la religiones son aquellas personas que no sólo han experimentado una vez sino que viven en ellas, viven desde esa experiencia y luego tienen la capacidad o el don de propiciar las palabras, los métodos, la ayudas, los utensilios para vivir desde allí.

Cuando Moisés, en el Sinaí, pregunta en lenguaje dual, teísta:

—¿Quién eres Tú? Me has dicho que soy Moisés y ¿Tú?

 Y entonces se le responde:

— (…tus padres Abraham, Isac, Jacob,…).

—No me basta, ellos son ellos y soy yo

Y entosnces se le da una segunda respuesta, una no-respuesta:

— Yo soy El Que Soy .Yo soy el que seré; yo seguiré siendo para ti en la medida en que tú vayas siendo desde mí, y en la medida que tú más vayas siendo, yo más me revelaré El Que Soy, porque cuando más seas tú, más seré yo en ti. Y más verás que yo soy en todo.

Eso es lo que significa Yahvé. No es un nombre. El nombre Yahvé es un no-nombre precisamente. Porque, si es un nombre, volvemos a encerrarlo. Si es un nombre está al lado de otros nombres. Es una fuente de todos los nombres, de la que emanan todas las otras realidades. Moisés tiene ahí una experiencia no-dual. Porque se le dice cuando vayas al Faraón dile:

—“Yo soy” me dice que te diga.

¿Quién dice “yo soy”? Lo dirá Moisés, Moisés en nombre del Que Es va a decir “yo soy”. Moisés encarna ese “yo soy” en que ha comprendido que él no puede sino ser.

 Y la peregrinación histórica, pero metafórica, del pueblo de Israel hacia la Tierra Prometida es justamente pasar de la esclavitud del no-ser, hacia la plenitud del ser. Ése es el tránsito, el éxodo, que hay de Egipto a Israel, que no son lugares geográficos sino son lugares místicos (teológicos), lugares de lo inauténtico hacia lo auténtico, eso es el éxodo. Es el camino iniciático que personal y colectivamente, de alguna manera, todos estamos llamados a hacer.

El cristianismo recibe en la persona de Jesús de Nazaret un momento de claridad donde se le dice “aquí yo”. Israel ha estado esperando durante 400 años o desde que surgió la idea mesiánica, es decir, el Mesías para Israel significa si mientras están en el éxodo espera la tierra prometida, cuando han llegado a la tierra prometida ¿qué les queda por esperar? Y esa tierra todavía no es plenitud porque tienen los problemas de cada día. Se traslada esa esperanza de plenitud a una persona. El Lugar ya está, entonces van hacia un tiempo. El Mesías traerá la plenitud.

Pero si el Mesías que trae la plenitud es alguien ajeno a nosotros, no hacemos más que prologar la estructura de espera o de sumisión, o retraso… y estamos atrapados de nuevo. Cuando Jesús dice el “ya ha llegado la hora”, “ya ha llegado el tiempo”, “yo soy el que esperabais”. “El Padre y yo somos uno”. “Sed uno como el Padre y yo somos uno”. Nos está pasando su incandescencia para que nosotros avivemos también. Pero como nos da miedo morir, como nos da miedo tanto fuego, se lo dejamos a él, entonces lo adoramos, nos postramos, pero lejos de él, no sea que nos coja también a nosotros la misma muerte.

Pero si consentimos morir a nuestro yo como él muere, entonces participamos de la radicalidad de su El que es para lo que ha venido a manifestarse. Estamos encontrando en el mismo cristianismo con nuevas claves, aquello que ya estaba pero que no teníamos quizás la manera de comprenderlo. Entonces la religiones teístas no están tan distantes de las oceánicas, sino son modos de acceso, procesos, para poder llegar a la misma conciencia de que todo es uno y al mismo tiempo somos diversos porque cada uno de nosotros tiene la tarea única e irrepetible de reconocerse siendo uno. Eso no nos diluye nuestra individuación y, al mismo tiempo, no nos separa porque ese uno, único, que somos está sumergiendo y emergiéndose constantemente en Lo Que Es, en El Que Es.

Entonces no es una cuestión de fe sino de experiencia. Cuando Pablo dice “todo lo que el cristianismo dice en forma de  futuro se puede cambiar el tiempo verbal y se puede convertir en presente”. San Pablo dice: “Cuando estemos en la plenitud no hará falta fe porque ya estaremos viendo al que hay ver y no hará falta esperanza porque ya habremos llegado a donde esperamos, sólo quedará el amor”. “Al final cuando todo haya sido rendido al Padre Dios lo será todo en todos”. 1 Corintios,15-28. Dios lo será todo en todos, si lo será es que ya lo es.  En nosotros el tiempo es lineal hay futuro, en Dios no hay futuro, si es que será ya lo es. Resulta que nosotros en nuestro proceso todavía no sabemos eso. Todas parábolas de futuro, escatológicas que tiene la Biblia leídas en presente nos están dando esa experiencia, la de no-dualidad. Cambiar el tiempo verbal es un cambio de conciencia no un cambio de religión. A eso es a lo que se nos invita, a leer nuestros textos, rituales, pero no en clave de futuro sino en clave de presente, en la profundidad del ahora.

Cristiano no es el que tiene esperanza en el futuro sino la esperanza de lo invisible. La esperanza como una obertura a lo que ya es pero que no sabemos ver; sin embargo ya está contenido.

Texto Sufí, siglo XIII)

      Oh, buscador, ¿adónde vas? ¿No ves que no hay un punto de partida ni un punto de llegada, porque no hay un lugar a donde ir, porque lo que tú buscas está dentro de ti?

    Y si puedes ver dentro de tí ¿cómo es que  buscas algo? ¿Acaso hay algo que exista además de Dios? Nada existe sino Dios. Entonces, si buscas ¿qué vas a encontrar sino a Dios? Y si Él sólo existe para que comenzar la búsqueda?

La búsqueda como la carencia de aquello que ya tenemos es el error. La búsqueda entendida como dinamismo de obertura para recibir la profundidad que nos constituye… entonces podemos entender la razón de ser de la búsqueda. A lo mejor, nos está pasando generacionalmente como al famoso alquimista de Cohello que se va a la otra punta del planeta para descubrir que el tesoro estaba en el jardín de casa. Desde luego, no es pérdida de tiempo. Hemos de hacer ese recorrido. El caminar nos ennoblece, nos hace más fuertes, nos permite conocer otras cosas, nos hace conocer la ausencia y la presencia. Ese tesoro tiene mucho más valor que si hubiéramos tropezado con el nada más salir de casa. Necesitamos el exilio para descubrir que ya lo teníamos en casa. Mientras no conocemos lo que es no-casa, no conocemos la casa. Pero regresamos a casa. Parece que para ello, paradójicamente, hemos de exiliarnos para conocer el sabor de casa.

****

Juan de la Cruz no dice “mi amado está en las montañas”; dice “mi amado, las montañas” (…) ¿Qué hay entre el amado y la montaña? No hay una preposición que separe la montaña del amado. Sino que ha llegado a tal transparencia de su ser que se ha encontrado con que la misma montaña es la manifestación del amado. No es otra cosa que el amado manifestándose en tanto que montaña. ¿Cómo vamos a acceder a Dios o Al Que Es sino que a través de lo que somos? Os que podemos sustraernos a nosotros mismos para alcanzar Aquél que funda nuestro ser? Pero buscamos, buscamos… cuando más buscamos, más nos apartaos, más no exiliamos. ¿Qué vamos a buscar fuera de nosotros si en nosotros está el origen mismo de aquello que estamos buscando?

Este giro es la gracia, darse cuenta eso es lo que le pasó a Pablo en el camino de Damasco. Perseguía al que le buscaba y tuvo que caerse del caballo, y nosotros también, de un modo u otro, tenemos caernos, y cada cual, seguro, ya ha caído varias veces de nuestros caballos, sean los que sean, pero no aprendemos siempre a la primera caída, seguimos cabalgando en el mismo caballo o en otro, pero ¿hacia dónde cabalgamos?

Una manera muy clara de entender este misterio –porque no deja de ser misterio, es algo que supera nuestra mente y se nos va de las manos–, una manera de expresar quién es Dios respecto de nosotros es una hoja. Se ha dicho en la teología del siglo XX que Dios es totalmente otro, es aquello que es en una profundidad inasible, es aquello que está fuera, en otra parte, pero ese totalmente otro lo tenemos en una lejanía inalcanzable, la trascendencia de Dios hemos convertido en la lejanía de Dios. Pero este otro trascendente no es lejanía sino es tan profunda mismidad de lo que somos que está siempre más allá de lo que queremos ser, siéndonos.

Entonces para esta cara lo totalmente otro no sois vosotros, es la otra cara; una cara no puede ser la otra cara, son inaccesibles entre sí. Sin embargo, ¿dónde está la otra cara de esta hoja sino en ella misma? Es una sola hoja. Al mismo tiempo que soy otro soy la radical mismidad que soy y me hace ser. Cuando esto no es una idea, sino una experiencia, un modo de existir, todo lo que buscamos fuera ya no necesitamos buscarlo hacia fuera sino que sentimos que nos constituye la raíz y entonces simplemente nos abrimos y nos entregamos. Y abriéndonos y entregándonos, todo se nos entrega porque nada lo atrapamos, nada queremos poseer, cualquier cosa que queramos atrapar se nos deshace en las manos como el agua entre los dedos. Cuando no queremos atrapar nada entonces se produce la teofanía.

Desde un modo de buscar, todo es ausencia; desde ese modo de estar todo es presencia. Perfecta brillante quietud. Entonces para este modo de comprender la experiencia religiosa no son necesarias las creencias, porque las creencias son anticipaciones, son direcciones hacia dónde ir. Cuando aquello hacia donde vamos ya no está fuera de nosotros sino nos constituye desde nuestra raíz, entonces lo que  hacemos es vivir desde allí, no hacia allí sino desde allí. Ese es el giro que hay que dar.

Somos herederos de un gran lenguaje religioso, ya no solo de una religión sino todas que están en el planeta, cada una de ellas con una densidad bellísima de textos e imágenes perfectos.  Son inmejorables si sabemos interpretarlos, si sabemos entenderlos como metáforas, como anticipaciones, como modulaciones geo-históricas, modulaciones antropológicas, es decir que se han creado en un contexto geográfico y en un tiempo histórico y cultura determinados. El ser humano ha creado imágenes que son creencias, proyecciones mentales de aquello que está en la ultimidad y radicalidad mismidad de la experiencia humana.

Nuestras religiones son reediciones que con todo su aparato de creencias, normas y ritos tratan de propiciar ese recorrido que aparentemente está hacia fuera pero que simultáneamente está hacia dentro. Si lo entendemos así, las religiones tienen muchísimo que ofrecer al ser humano contemporáneo, en cuanto que tienen herramientas avaladas por milenios para dar pautas para ese camino. Si la religiones sustituyen la experiencia por aquello que ellas han construido entonces se convierten en obstáculos y en una guerra, además, entre ellas.

A esto antes le llamábamos experiencia mística, hoy en día pensamos que es el punto de partida y desde aquí podemos entender todas las tradiciones, porque entendemos que todas sus todas metáforas no son más que modos de apuntar a ese lugar. Si no entendemos esto nos separan y nos dificultan el diálogo. Cuando he llegado aquí me han explicado con mucho detalle este edificio. Es un prodigio de cómo conjuntar el lenguaje de la religión y al mismo tiempo expresarlo de una manera abierta. Estamos en un lugar sagrado porque esto es una iglesia y las iglesias, en este sentido, son necesarias para nuestra civilización porque necesitamos lugares que nos lleven hacia dentro pero que llevándonos hacia dentro no nos encierren en aquello mismo que hemos construido sino que nos abran.

Al mismo tiempo que nos convoca está abierto, nos recoge y nos despliega, pues así debían de ser nuestros textos sagrados, nuestras celebraciones, nuestros dogmas, nuestras pautas de comportamiento —las nuestras y las de las de demás tradiciones religiosas—, lugares de convocación pero no para quedarnos encerrados sino desplegarnos al mismo tiempo. Serán y seguirán siendo útiles mientras tengan la capacidad de articular ambas cosas: convocar en un lenguaje determinado pero al mismo tiempo desplegar más allá de ellos mismos. Ése es el gran reto.

Tendremos tiempo para ir sedimentando, es que esto no es fácil, porque cada uno venimos de un lenguaje muy determinado y que hemos confundido el lenguaje con lo que el lenguaje apuntaba. Se producen situaciones conflictivas pero cuando esto se vaya  clarificando, las cosas se pondrán en su sitio. Aunque  este proceso es lento pero ya se esta dando.

Tratando de recoger ambos paradigmas, podemos seguir hablando de fe entendiendo como dinamismo de obertura, de recorrer todo aquello que todavía no hemos recorrido. Confiamos que aquello hacia donde apuntan las formulaciones de nuestra tradición son verdaderas sabiendo que no es lo último sino que apuntan hacia lo último. Hacemos un acto de fe y nos adentramos con confianza y al mismo tiempo que ejercitamos esta obertura radical, simultáneamente hacemos conciencia de ello. Pasa por la integridad de lo que somos. Va constituyendo e impregnando nuestras células, nuestra respiración, nuestra comprensión, y ese giro no es alienante sino esa fe es arraigante, y abre una profundidad en la conciencia no cerrada en la mente sino abierta desde dentro para desplegarse más y mas. Fe y conciencias entendidas como una articulación que permite que nada quede cerrado porque lo cerráramos quedaría amputado, quedaríamos a medio camino.

Necesitamos la palabra tanto como el silencio. El silencio como lugar que nos restituye, nos hace tomar conciencia de esa presencia que nos sostiene antes de pensarlo y al mismo tiempo necesitamos un modular de algún modo nuestra comprensión de las cosas a través de  palabras que sean significativas, comunicativas, comprensivas, y en esa danza entre palabra y silencio vamos profundizando nuestra propia experiencia y además la vamos comunicando.

La palabra es el éxtasis del silencio. La palabra verdadera nace propulsado del silencio, ya la mismo tiempo la palabra, cuando nace del silencio, tiene tal sonoridad que quien la escucha queda silenciado, no se queda ensordecido o aturdido, se queda en silencio. Así reconocemos las palabras verdaderas, porque las escuchamos y nos silencian, nos impulsan a beber de esa misma fuente de la cual esa palabra ha emergido. Cuando nuestras palabras, no solo religiosas sino humanas, nacen de allí ¡que maravilla! para una comunidad, ¡que maravilla! para una sociedad, que las palabras que nos comunicamos nacieran o cuando nacen de Él, entendiéndolos, por lo tanto, inseparablemente silencio-palabra, palabra-silencio.

 Acto y no-acto. Acto entendido como responsabilidad en nuestras decisiones, responsabilidad ética en todas nuestras dimensiones personales, económicas, políticas, eclesiales… a todos los niveles, el comportamiento justo, responsable, transparente en todas sus manifestaciones por un lado, y eso es insustituible, y solo nosotros podemos ser responsables de nuestras propias actuaciones y, al propio tiempo, dejarnos actuar, dejarnos ser, dejar fluir, participar del flujo que va mucho más allá de nuestros pequeños recortes que no están para que nos separen sino justamente para que nos hagan partícipes de un flujo permanente de vida y de conciencia del que formamos parte y del que  no somos amos sino servidores.

Ética y mística, mística y ética, acción y contemplación, contemplación y acción. Sin dualidad, sin separación, sin oposición, en continua fecundación, con honestidad, con profundidad, con atención, con finura. Eso es lo que necesitamos todos y cada cual ha ser cada más consciente de cómo nutre este modo de vivir. Al final y al cabo, de eso se trata, tener conciencia que de qué nos nutrimos, de qué nutro mi ser  dónde me restauro. Dónde me hago más silencioso y, al mismo tiempo, más verdaderamente más hablante, dónde me hago más pacífico y, al mismo tiempo, más comprometido, dónde me hago más recogido y, al mismo tiempo, más desplegado, qué me ayuda para ello.

Hoy como nunca tenemos muchas posibilidades para elegir. Eso nos puede confundir, hay que suponer un tiempo inevitable de búsqueda y confusión o, al contrario, nos puede enriquecer, nos puede fecundar, nos permite entrar en esta pluralidad irreversible en el que el planeta Tierra ha entrado. Es elegir aquello que nos puede ayudar a vivir, a ser aquello que ya somos sin saberlo.

Resumen de la charla de Xavier Melloni sobre “Teísmo y no-dualidad”, segunda parte (Loiola (Donostia), 2013-II-09)

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