Estamos programados

 

Nuestra civilización consiste en programar a la persona desde la escuela, para que en el futuro sirva a los intereses de la clase dominante y ampare el status quo impuesto por ésta. Se coloca al individuo frente a realidades incuestionables. Se abren por doquier expendedurías de felicidad. Prácticamente es imposible no alcanzar aquello que uno se propone. Puedes estudiar lo que quieras, puedes trabajar en lo que quieras, puedes comprar una casa, formar una familia. No tienes nada que temer.

Precisamente, da miedo tragarse tanta mentira, tanta indignidad, sin que se nos revuelva el estómago. Estamos en 2013. Esta noche pasada, que he venido a casa sobre las dos de la madrugada, después de cenar y jugar una partida al mus con los amigos, se me ha ocurrido encender la radio. Lo primero que ha dicho es que el rescate a los bancos vamos a pagar los ciudadanos. Huelgan comentarios. Un ataque más de rabia e impotencia. Pero les compraremos la moto. Les compraremos. Estamos programados para ello.

Seguirán diciendo que somos felices; al menos, que eso es lo que dicen las encuestas, que disfrutamos del sexo como nunca, a partir de 15 ó 16 años. Que atajarán la corrupción. Como no quieran decir que abrirán nuevos alcorces, entre aparentes cierres y setos, a las furtivas cabras –el aumentativo a gusto de cada cual– y se plantarán en el goloso sembrado del mejor cereal.

Vivimos entre falsas esperanzas que alberga la mente y ante las que hemos perdido la capacidad de cuestionarlas, porque la deformación de la realidad es tal que ni con los mejores cristales ópticos se puede atisbar una solución satisfactoria para enderezar el rumbo que cada vez es más incierto, jalonado de imprevistos que siempre terminamos asumiéndolos, porque la comodidad del momento se impone ante las terribles incomodidades que se nos avecinan.

Confundimos ser pacíficos con no ser comprometidos, la paz con la claudicación. Sustituimos la acción justa por un impecable discurso teórico.  Estamos en pelotas y nos retratan con un vestido angelical. Mientras siguen desollándonos, nos prometen más bienestar; más felicidad, en definitiva. Y el Gran Hermano que evocara Orwel campa por sus respetos, y te preguntan, después de varias sesiones de tortura, «¿por qué nos obligas hacerte esto?»

Entretanto, vendrán los burócratas de la religión y te consolarán diciendo que nos espera una vida eterna llena de felicidad. No les creáis, por favor, a los vendedores de futuro. El presente es el único tiempo real y, precisamente, eso es lo que nos quieren quitar. Sin un presente feliz no hay futuro.

También es verdad que tenemos que empezar a ser felices a pesar de ellos. Te exigen apego a todo lo que ellos han puesto en el mercado, y, sin embargo, la felicidad exige desprendimiento. En cierto modo, tenemos lo que necesitamos para ser felices, pero hay que cambiar de mentalidad. No vayamos a buscar la felicidad en los supermercados. La felicidad está en la solidaridad, que es amor. Amor único del que venimos y se manifiesta en mil formas diferentes como realizaciones concretas, a modo de alófonos de un fonema, según su asociación, pero siempre dentro de un solo sistema fonético.

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