CLAVES PARA LA LECTURA DEL EVANGELIO

Del particularismo religioso a la espiritualidad inclusiva

 En un correo reciente, una persona a la que no conozco personalmente, me preguntaba “desde qué púlpito” comento el evangelio. Porque, decía, le llamaba la atención “una cosa de tu discurso: me parece un escrito muy ecuménico, pero su ecumenismo no revela al Dios de la vida directamente, sino que lo deja en la sugerencia”.

Si eso fuera cierto –que el comentario del evangelio no revelara al Dios de la vida-, dejaría de hacerlos en este mismo instante. Porque justo ese es el “tema de fondo” o “denominador común” de todos ellos: el Dios de la Vida.

Lo que puede ocurrir es que una persona religiosa interprete que el “Dios de la vida” es el Dios que su propia religión propone, y eche de menos referencias explícitas a su propia creencia.

En lo que a mí se refiere, puedo decir honestamente que –con todos mis límites e incluso con “movimientos” más o menos inconscientes que se me puedan colar– no comento el evangelio desde ningún púlpito (siempre me han parecido un tanto peligrosos, por estar “arriba”), sino desde la experiencia. Y en esa experiencia se me regala un lenguaje universal, en el que todos podemos entendernos, sin particularismos ni, mucho menos, exclusivismos. Considero que es el lenguaje de la espiritualidad, que trasciende el lenguaje religioso.

Por eso, los comentarios giran en torno al “Dios de la Vida”, no al “Dios” de una religión particular. Dios no se circunscribe a los límites de una religión concreta. Es la Fuente de la Vida que nada deja fuera. De ahí que las personas religiosas debamos estar atentas al riesgo de “separar” (creyentes/no-creyentes) que, por su propia dinámica, acompaña a todas las religiones. Lo que ahí se juega es muy importante, porque cada vez que se excluye a alguien, se está falseando e incluso pervirtiendo el Rostro de la Divinidad.

Por eso creo que, valorando la riqueza propia de cada religión, tenemos que dar un paso más… hacia el Horizonte o Territorio al que las religiones (mapas) apuntan: ese es el camino de la espiritualidad. Algo que vemos en el propio Jesús: él no fue un hombre “religioso”, sino un hombre “universal” (humano).

La religión habla de un dios separado, al que supuestamente se puede amar aunque no se ame a las personas, a la vez que “separa” a las personas que no comparten la propia creencia.

Jesús trasciende definitivamente la religión. Por eso, en su propuesta podemos encontrarnos todos, seamos religiosos o no. El pone palabras a lo que dice el corazón humano.

En esta apertura, no sólo no se pierde nada valioso, sino que todo encaja admirable y armoniosamente en una “síntesis superior”, como diría Javier Melloni (Hacia un tiempo de síntesis, Fragmenta, Barcelona 2011). Ahí crecemos en amplitud, en hondura, en unidad…, en Dios.

Me parece que reducirse a una religión es como permanecer encerrado en la propia tribu. Esto fue válido –no se podía vivir otra cosa– en una determinada etapa de la humanidad, pero ahora aparece como algo a superar, desde el dinamismo de la propia intuición que dio lugar al hecho religioso. Como dijera Huston Smith, el gran historiador de las religiones, “quien solo conoce su religión, no sabe lo que es la religión”.

Comprendo también a las personas que, creciendo dentro de una confesión concreta, han llegado, en cierto modo, a identificarla con toda vivencia espiritual. Sin duda, hay muchos valores en juego: psicobiográficos, familiares, culturales, religiosos… y hasta ancestrales. Todo eso me parece absolutamente respetable. Pero, al mismo tiempo, siento que el Espíritu nos está animando a dar un paso más…, hacia el No-lugar en el que convergen y encuentran sentido todos los “lugares” particulares.

Lo expresa bien un texto antiguo de las Upanisad, que considero de lo más hermoso y profundo que se ha escrito sobre el Misterio de lo real, que las religiones llaman “Dios”. Dice así:

Lo que no puede expresarse en palabras y sin embargo es por lo que las palabras se expresan, sabe que eso es en verdad el Absoluto y no lo que las gentes adoran. Lo que no se puede pensar con el pensamiento y sin embargo es por lo que el pensamiento piensa, sabe que eso es en verdad el Absoluto y no lo que las gentes adoran. Lo que no se puede ver con los ojos y sin embargo es por lo que los ojos ven, sabe que eso es en verdad el Absoluto y no lo que las gentes adoran. Lo que no se puede oír con el oído y sin embargo es por lo que el oído oye, sabe que eso es en verdad el Absoluto y no lo que las gentes adoran. Lo que no se puede respirar con el aliento de la vida y sin embargo es por lo que ese aliento respira, sabe que eso es en verdad el Absoluto y no lo que las gentes adoran” (Kena Upanisad I,5-9, en Upanisad. Con los comentarios advaita de Śankara [edición de Consuelo Martín], Trotta, Madrid 2001, pp.44-46).

Claves para la lectura del evangelio

Desde ese trasfondo que puede aclarar la relación entre religión y espiritualidad, quiero compartir también las claves que me guían en los comentarios del evangelio al como lo veo, el evangelio quedó en gran parte devaluado y hasta desvirtuado, debido a una lectura caracterizada por tres rasgos:

  • Literalismo: El texto se leía al pie de la letra, como si se tratase de una crónica histórica. Se tenía miedo de que cuestionar esa literalidad fuera el inicio de una sospecha más global sobre el valor histórico del texto. Hoy sabemos que los relatos evangélicos no son –ni pretendieron ser– crónicas, sino catequesis, elaboradas y adaptadas sobre una base histórica, pero nacidas desde las necesidades de una comunidad concreta, y con una fuerte carga simbólica, que es preciso desentrañar.
  • Anecdotario: Al hablar de “anécdotas” –sin ningún sentido peyorativo–, me refiero a aquella forma habitual de acercarse al texto evangélico, viendo en él un conjunto de “relatos piadosos” sobre la vida y la actividad de Jesús, que venían a “probar” su sabiduría y, sobre todo, su poder, a través de los milagros. Hoy sabemos que la mayor parte de las aparentes “anécdotas” encierran una enorme riqueza simbólica. No se quedan en la superficie de lo ocurrido, sino que transmiten una honda sabiduría y, por ello mismo, “leen” también nuestra vida, con sus preguntas, sus zozobras y sus alegrías.
  • Moralismo: Dentro de una institución autoritaria, es comprensible que el evangelio se haya leído también como un “código de moral” o conjunto de prescripciones que había que seguir. Gracias a tantos estudios recientes, hoy sabemos que Jesús no fue un moralizador, sino más bien un maestro de sabiduría. Lo cual pone de relieve algo elemental: la acción adecuada nace siempre de la comprensión.

A partir de todo esto, me parece que, actualmente, la lectura del evangelio cuenta con unas herramientas de las que no dispusieron las generaciones anteriores. Por ello, nos encontramos quizás en una situación privilegiada para poder comprenderlo.

Me refiero a los estudios realizados en tantos campos, desde la arqueología a la sociología, desde la historia hasta la hermenéutica.

Gracias al desarrollo de los estudios histórico-críticos, conocemos con detalle el modo como se gestaron y se escribieron los textos que han llegado hasta nosotros.

Gracias a las ciencias sociales, disponemos de datos sobre el medio económico, social, político, cultural y religioso vigente en la cuenca del Mediterráneo, en el siglo I, lo cual nos permite conocer el contexto donde surgieron y nos facilita una comprensión más completa.

Gracias a nuevas perspectivas, como la feminista, laica o ecológica, hemos aprendido a hacer nuevas “preguntas” al texto, con lo que la lectura se enriquece. Si toda lectura es un “diálogo” entre el autor y el lector, será tanto más significativa cuanto más profundas sean las preguntas que dirijamos al texto que tenemos delante. Me parece sabia aquella observación que escuché una vez: «Para que un texto sea “sagrado” y produzca frutos de transformación, hacen falta dos personas “inspiradas”: el autor y el lector».

Con todo eso contamos a la hora de leer el evangelio y comentarlo.

Personalmente, siento una doble prioridad: conectar con la sabiduría (universal) del mensaje de Jesús y expresarla (traducirla) en una clave igualmente universal.

No es que no me interese la anécdota, ni siquiera lo que la literalidad tiene de válido, pero todo eso parece obvio en una simple mirada. Consciente de la sabiduría que encierra, y a la que podemos acceder desde muy diversas entradas, encontrando permanentes conexiones con nuestra situación personal, intento sacarla a la luz, de modo que pueda provocar “ecos” o resonancias, en las que los lectores puedan reconocerse.

Finalmente, quiero reconocer que, desde hace años, toda lectura, no ya solo del evangelio, sino de cualquier texto, la hago desde una perspectiva no-dual.

Soy consciente de que esta perspectiva puede resultar novedosa a algunas personas, y por ello difícil de asumir. Pero para mí resulta algo ya irrenunciable. Tengo la certeza de que lo Real es uno, que se expresa en la admirable no-dualidad, en la que las diferencias quedan valoradas y abrazadas en la Unidad más profunda que las constituye y que en ellas se expresa. Lo Uno y lo Múltiple, el Vacío y las Formas o –en lenguaje religioso- Dios y la Creación no son sino las dos caras de una misma y única Realidad.

Tal como lo veo, leer el evangelio desde esta perspectiva aporta una riqueza incalculable, a la vez que conecta más directa y radicalmente con el maestro Jesús.

Teruel. 22 febrero 2013

www.enriquemartinezlozano.com

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