La espiritualidad

La espiritualidad es plenitud. Acoge a la persona entera, a todas las personas y a todos los seres, en un abrazo de sabiduría, sentido y bondad. Una persona espiritual es la que, con todas sus imperfecciones, busca la verdad sobre ella misma. Persona espiritual es la que persigue, por encima de su ego individual, la verdadera identidad y quiere vivir en coherencia con esa nueva identidad.

Así como en otros diversos campos, hay que tener mucha perspicacia para discernir lo verdadero de lo falso. Habrá una verdadera espiritualidad y habrá sucedáneos. Cuando hablamos de una verdadera espiritualidad hablamos de lo siguiente: unificación, armonía e integración personal, en base a estos presupuestos: conocimiento y aceptación de sí mismo, ecuanimidad y humildad. Esa espiritualidad nace del amor, surge de la consciencia de que somos uno, unidad compartida, y se manifiesta de esta guisa: deseo irresistible de que nuestro entorno y todo el mundo esté bien, deseo profundo de querer ayudar y deseo, no menos profundo, de querer servir con eficacia.

Últimamente se percibe una creciente preocupación espiritual. Eso nos invita o nos obliga a estar muy atentos. Puede haber sucedáneos. Podemos andar buscando algo para acallar la voz que surge de nuestro vacío interno o queriendo superar esa soledad que nos cubre por completo en medio del tumulto y del ruido; quizás, queremos romper con la rutina que nos hace sentir mal. Entonces existe el peligro de que  a cualquier cosa que a nuestra mente le parece servible llamemos espiritualidad. Una auténtica espiritualidad se fundamenta en la novedad, profundidad y plenitud.

En muchos ámbitos y muchas veces, la espiritualidad se ha entendido mal. Para mucha gente es algo que está fuera de la vida real y no vale para nada. Dicen necesitar algo más concreto que la espiritualidad, algo más práctico y tangible.

La palabra ‘espiritualidad’, además, es una palabra muy gastada. Hay que advertir una doble confusión: a) al amparo del pensamiento dualista, marcaba estas oposiciones: espiritualidad/materia, alma/cuerpo; b) la espiritualidad ha sido reducida a la religión, por lo que la cultura moderna la ha rechazado con todas sus fuerzas. La modernidad, defensora a ultranza de la racionalidad y la autonomía, arremete contra la institución religiosa, presentándola como la cuna del poder, autoritaria y dogmática. Pero la modernidad cayó también en un reduccionismo intransigente que no aprobaba más que lo materialmente mesurable.

El rechazo de la religión y el atrincheramiento en el materialismo cientificista, nos han conducido al olvido de la dimensión más radical de la realidad, con graves consecuencias como es el empobrecimiento de la cultura e inducción al consumismo.

De cualquier modo, la religión no ha hecho mejor lo deberes, intentando mantener su estatus de poder y con una postura ultradefensiva de sus privilegios, dando la espalda a los cambios que operaban en la sociedad. Ha habido una enorme ruptura entre la Iglesia y la sociedad civil. Tuvo que venir el Concilio Vaticano II para que viéramos un poco de aire fresco en las anquilosadas estructuras eclesiales. La Iglesia vivía en una endogamia con su propia visión, encerrada en una teología abstracta, sin capacidad para conectar con los problemas del mundo, perdida en una religión espiritualista al margen de las cuestiones que preocupaban a las gentes.

La modernidad tampoco se mostró muy favorable al diálogo y al acercamiento de posturas, rechazando todo lo que “olía” a religión y, en consecuencia, trajo consigo el rechazo, asimismo, de la espiritualidad, dimensión más profunda del ser humano cara a la plenitud.

Sin embargo, ahora disponemos de medios para poner la espiritualidad sobre bases sólidas. Una ellas es el umbral del nuevo estadio de conciencia: transpersonal. Este nuevo nivel de conciencia es una ayuda inestimable para luchar contra la reducción a lo mental. Asimismo, hay que luchar contra los sucedáneos porque es patente el peligro de llamar espiritualidad a un bienestar confuso entre buena situación económica y asistencia a eventos religiosos o sociales que nos satisfacen. Eso no pasa de un narcisismo egoísta y una charlatanería barata. Ante las dificultades que se nos presentan en el diario discurrir de la vida, no es de extrañar que recurramos, precisamente, a paraísos engañosos sugeridos por el ego.

También hay que hacer hincapié en la defensa desmesurada de su posición ideológica-religiosa que algunos grupos ejercen, seguramente por una inseguridad vital de los individuos que conforman el grupo. Ello les lleva a la práctica de una espiritualidad estricta, excluyente, dogmática y autoritaria.

La verdadera espiritualidad no es reduccionista. No puede y, de hecho, no  niega la realidad. No busca un bienestar incondicional del ego. Precisamente, su objetivo es trascender el ego. Por otro lado, la espiritualidad no es sinónimo de religión. Por supuesto que no niega la dimensión espiritual de la religión, pero la espiritualidad pertenece a su campo específico.

La espiritualidad por definición es transreligiosa. No cabe duda de que cuanto más se alimente la religión de la espiritualidad, aquélla será más dinámica, más viva, pero, al mismo tiempo, será trascendida por la espiritualidad.

Como hemos subrayado muchas veces, las religiones son “mapas” que orientan hacia un territorio; la espiritualidad es el territorio. No obstante, no tiene porqué haber conflicto entre la religión y la espiritualidad, pero tampoco identificación. Como es conocido, en el inicio de cualquier religión, hay personas sabias que han visto y pisado el “territorio”; lo que no sabemos es por qué sus sucesores se han conformado con trazar “mapas”. ’

La espiritualidad no exige adhesión a fórmulas, dogmas o credos. Nos da instrucciones para que cada cual experimente lo verdadero de su Ser, Lo Que Es. Está en juego la plenitud de nuestra vida. La espiritualidad, como hemos dicho al principio, nos conduce a la plenitud.

(cfr. E. Martínez Lozano: ‘Vida en plenitud’

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