Ante una crisis sistémica

Según Jon Sarasua, esta crisis no es solo una turbulencia financiera, es una crisis sistémica

El sociólogo Jon Sarasua pronunció el pasado día 22 junio una conferencia en la Casa de Ejercicios de Arantzazu, ante una nutrida representación de la asociación ‘Arantzazuko Adiskideak’, reunida para Asamblea General, y nos hemos permitido hacer algunas reflexiones a partir de dicha conferencia.

Parece que estamos asistiendo a algo más que a una turbulencia financiera, estamos ante una crisis sistémica. Hay una crisis energética, alimenticia, ecológica, cultural… Todo el modelo está a la deriva y este tiburón aun no ha dado sus mayores aletazos, como nos previno Leonardo Boff en su día.

Probablemente, hay muchos sectores tanto políticos como económicos que saben que el sistema es inviable, lo que pasa es que es difícil hincarle el diente. Tiene una solución de difícil aplicación. Sin embargo, hay que verla también como una oportunidad para empezar a pensar de otro modo, para comenzar a ver las cosas de otra forma.

Según algunos teóricos, entre ellos el propio Sarasua, estamos ante un cambio de época. Y somos muchos los que pensamos que es posible otro mundo, atendiendo más a la ética y a las necesidades de todas las personas y no tanto al crecimiento desmesurado y obtención del beneficio a cualquier precio.

Se pueden criticar muchas cosas, desde el capitalismo salvaje hasta el sistema de mercado. Creo, sin embargo, que es mejor utilizar las energías que tenemos en construir algo, en presentar alternativas. Entre otras cosas, no podemos obviar que esta crisis también tiene unas dimensiones íntimas, está dentro de nosotros. Aunque criticamos el capitalismo, está muy arraigada en nosotros la mentalidad capitalista, y en la práctica se ve claramente. Nunca debería discurrir nuestra acción por el camino de la crítica fácil como hacen, a veces, los sindicatos y la propia izquierda. Tampoco olvidemos que nosotros también somos beneficiarios de este sistema. Por lo tanto, la regeneración llama también a la puerta de nuestro corazón.

Llegado a este punto, quiero poner de relieve un par de cosas que me ha traído a la memoria la referida conferencia: el tema de derechas e izquierdas está desdibujado, ya no tiene vigencia en la práctica, gestionan lo mismo, sin apenas maniobrabilidad en las cuentas presupuestarias desde su propia visión particular de principios. Y luego está la gestión de los sindicatos que tampoco tienen terreno para su desenvolvimiento como representantes de los trabajadores, y de ahí que se aferran a la protesta en vez de la propuesta.

Como es notorio, se ha creado un abismo entre ricos y pobres. El desarrollismo, aunque parezca paradójico, está terminado con el bienestar de muchos y matando a una parte de la humanidad, porque el beneficio recae en pocos a costa de muchos.

Pero no nos podemos permitir caer en el pesimismo. Hay esperanza para la humanización. Tiene que haberla. Podíamos empezar por preguntar qué es vivir bien. Por de pronto, empecemos por pensar que ganar mucho dinero no tiene por qué ser sinónimo de vivir bien. Aquí es donde intervienen o hay que hacer que intervengan los valores como la transformación personal, veto al consumismo desmesurado, apertura a la dimensión espiritual, humanización a pequeña escala para luego introducirnos en las redes mundiales, haciendo el recorrido desde lo personal hacia lo universal, aprendiendo a vivir con menos (los que más tienen), practicar la sobriedad, para que participe más gente del bienestar, una vez definido qué es vivir bien.

Según expuso el conferenciante, hay movimientos interesantes en este sentido. En Inglaterra hay uno que se llama Transición hacia una Sociedad Sobria. Está ideado o motivado por unos datos objetivos incontestables: ha terminado la época de las vacas gordas en lo que al petróleo se refiere. Oigan este dato escalofriante: de la energía basada en los fósiles concentrados en millones de años, se ha consumido la mitad en 60 años. El volver a la sobriedad va a ser un tanto drástico, pero necesario. Habrá que hacer una transición, acercándonos a la naturaleza con más tacto, más cariño.

Precisamente, otro de los temas que abordó el ponente fue el tema de los valores. Más concretamente del cambio de valores. Nuestra cultura ha estado basada en valores de núcleo cristiano, o valores transmitidos por el cristianismo, como son el entender la vida desde el amor. Hay valores genuinos, intrínsecos, del cristianismo como la compasión, empatía, caridad, etc., pero tiene muchos elementos adheridos en el camino histórico como la moral, los dogmas, preceptos, etc. Es necesario el discernimiento entre valores originales y valores añadidos posteriormente.

Incidió también sobre las ideas progresistas (igualdad, libertad) impulsadas en los años 70. Lo primero que hay que decir es que esas ideas no llegaron como manso río, sino como un tsunami, queriendo borrar todo lo que tuviera algo que ver con lo anterior. Llegaron con excesiva agresividad hacia lo implantado por nuestros padres, tildándolos de ignorantes. Se intentó una ruptura total con todo lo que venía de antes, hay signos evidentes hasta en la cultura vasca. Eso fue un error. Hay que hacer los cambios sobre el fondo ya existente y con alternativas reales y viables.

Lo que nos conduce a plantear una nueva apertura a las ideologías del siglo XX, con espíritu crítico. Revisar todo y ver qué nos pueden aportar el socialismo de entonces, el anarquismo, el cristianismo y su espiritualidad, incluso el conservadurismo. Mirar bien qué nos ha aportado la ciencia. Qué ha supuesto el postmodernismo, etc.

Con todo, no podemos negar que estamos en una época interesante, con sus peligros y oportunidades. Ya hemos indicado que poner el desarrollismo como norte es conducirnos a situaciones nefastas. El planeta tiene una capacidad limitada y no puede soportar cualquier tipo de desarrollo.

En otro capítulo hizo referencia a la resiliencia. Podemos decir que una de las virtudes que adornaron el comportamiento de nuestros padres es, precisamente, la resiliencia, es decir, la capacidad de hacer frente a situaciones difíciles. La juventud de hoy está demasiado protegida. Nuestra generación (me refiero a la generación de los abuelos actuales, aunque algunos no lo seamos) empezó de cero y ha terminado teniendo mucho más de lo que tenían nuestros padres. Es posible que eso no se repita en las futuras generaciones, pero mi pregunta es ¿hay que basarlo todo (el vivir bien) como venimos diciendo, en el bienestar económico y material?

Habrá que compartir las responsabilidades en esta tarea de reconstrucción sin echar todas las culpas al otro. Además no hay alternativas como grandes modelos revolucionarios que se pensaron antaño, que crearon sueños, emociones pero no se cumplieron las expectativas. Hay que pensar en la incubación de pequeños proyectos, parciales.

Coincido con Jon en que los horizontes que se vislumbran son estos: autogestión, solidaridad (valores cristianos o budistas…), igualdad (iguales en dignidad, siendo diferentes), sostenibilidad, e identificación cultural.

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