Anécdotas

En mis años colegiales tuve la costumbre, por influencia del euskera sin ningún género de dudas, de preguntar  la hora en plural: «¿Qué horas son?» La mofa, por parte de mis compañeros de colegio, no se hacía esperar. Se reían muchísimo  con esto y otras cosas parejas. Unos cinco o seis lustros más tarde, observé que el gran José Luis Borges, en su cuento Funes el mentiroso (he vuelto a releer), escribe así: «Bernardo, le gritó imprevisiblemente: “Qué horas son, Irineo?”»

Esta simple anécdota, que hoy me parece hasta simpática, demuestra los mil y un caminos que puede tomar la ignorancia, siempre atrevida hasta la saciedad. Quizás ahora mismo esté yo interpretando mal el sentido de ese diálogo entre Ireneo y el joven Bernando. En fin, también se vive de  anécdotas… o de reírse de uno mismo.

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