El destino de dos niños

Dos niños juegan en un parque de Pamplona. Por poco tiempo. Su madre nipona los reclama en el juzgado. Van de la mano del padre. Son chico y chica, de nueve y cinco años. Caminan con sendas mochilas a la espalda. Las cámaras hacen un primer plano de ellos, pero sin mostrar sus rostros. Imaginamos con ciertos rasgos orientales. Pero imaginamos, sobre todo, tristes. Lo corrobora su padre, un hombre de mediana edad, sin gafas de circunstancias, con cerrada barba negra que le sirve de marco a su forzada sonrisa que los niños —una suposición mía—  la agradecen.

Las mejillas ya secas pero con señales evidentes de haber sido surcadas por el silencioso y húmedo llanto. En definitiva una fisonomía moldeada por las circunstancias. Dolorosos pensamientos estarían discurriendo por su cabeza, cargados de impotencia, ante la incertidumbre sobre la posibilidad de poder visitar o no a sus hijos, cosa que depende exclusivamente de su progenitora, al no estar obligada por ley a conceder un régimen de visitas a su exmarido, convertido, también, en la práctica en “expadre”.

La madre asiste al juzgado acompañada de un hombre —su abogado, supongo—. Las cámaras apenas se ocupan de ella. Ella tampoco hace nada por acercarse a los focos, en una más que reprochable actitud de ganadora, que bien pudiera significar la poca importancia que da ella si los niños ganan o pierden. No es más que una hipótesis que nos gustaría que jamás transcendiera más allá. Una mujer con las dos manos desocupadas, sin bolso ni cartera, posiblemente para estrechar más fuertemente a sus hijos y, sin lugar a dudas, celebrar “la victoria”.

A estas horas, los imaginamos volando hacia Japón. Imaginamos, asimismo, que la madre no habrá escatimado esfuerzos para comprar lo que hiciera falta para tenerles contentos a sus niños durante el viaje y después de aterrizar en su nuevo destino. Nuestro ego siempre intenta suplir las ausencias “espirituales” (la ausencia de un padre se puede considerar como tal) con objetos materiales. Pero ahí quedan dos vacíos: uno en Pamplona y el otro en Japón. Nunca se llenarán mientras los padres, ambos, no comprendan que, aunque estén separados, son uno solo. Si, hoy en día, cabe hablar de no-dualidad, en estos casos mucho más.

Los abuelos paternos también acudieron a las puertas del juzgado a despedir a sus nietos. Un hombre y una mujer relativamente jóvenes. Los imaginamos cargos de sentimiento y emoción. Aunque su aspecto físico augura, en principio, un buen y dilatado futuro, a nadie se le escapa que, por el mero hecho de ser abuelos, entre sus muchas hipótesis habrán barajado la de no poder ver más a sus nietos. No pueden no llorar los ojos de las personas que se ven abocadas a estas circunstancias.

No nos cansamos de decir que creemos en la justicia. Pero, a veces, sus decisiones en forma de sentencia tienen algo, o mucho, de sarcasmo: ¿cómo se puede establecer un régimen de visitas para el padre cuando la madre no está obligada a concedérselo por ley. ¡Me lo explique alguien!

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