Alea jacta est (mini-relato)

La suerte estaba echada. La suerte no es mi aliada. Esta vez, también me la ha jugado, y por partida doble: tuve que presenciar un hecho desagradable y luego ser testigo en el juicio. Circunstancias. Hubiera podido evitar presenciar el accidente si, en vez de aminorar la velocidad por ver a aquel niño manejando en el aire tan diestra y maravillosamente una cometa, habría seguido mi marcha normal. He echado las cuentas con reloj y calculadora en mano y me sale que tenía que haber pasado del lugar, exactamente, dos minutos antes de que ocurriera el desgraciado choque entre dos vehículos, que se saldó con fractura doble de tibia y peroné por parte del conductor de uno de ellos y magulladuras generalizadas para el copiloto del otro. El resto salió ileso, incluido el perro que viajaba en asiento trasero de la parte derecha del primer vehículo, es decir, en el del conductor peor parado.

Digo que me tocó presenciar el incidente por culpa de aquel experimentado niño en el manejo de las cometas y, como queda aclarado, me retrasé dos minutos. Aunque los bomberos acudieron con mucha diligencia, no hizo falta que actuaran. La policía elaboró rápidamente el atestado. Y las ambulancias corrieron para desplazar a los heridos, al conductor del vehículo A y copiloto del utilitario B. Mi nombre y de otro señor, que acertó a pasar por allí en el momento del desgraciado hecho, quedaron registrados en el expediente con la advertencia de que estábamos obligados a colaborar en todo lo que fuésemos requeridos en relación con el suceso que acabábamos de presenciar.

Ambos eran conocidos míos. Cosa normal, teniendo en cuenta que somos vecinos de un mismo pueblo pequeño. Además concurría la circunstancia de que con uno de ellos no me hablaba. Hecho que quise poner de manifiesto cuando me citaron como testigo. No hubo suerte. No prosperaron mis más que justificadas alegaciones.

Repasé mentalmente todo lo que había visto y luego lo puse por escrito. A mis ojos, en función de los argumentos que mi razonamiento me ofrecía, el culpable, el que provocó el accidente, era el chófer del vehículo A, cosa que a mí me dolía porque con el otro accidentado estaba enfadado, como así consta en el expediente.

Al cabo de varios meses, se celebró el juicio. Cuando llegó el turno de los testigos, yo seguí mi razonamiento. Sin señalarlo explícitamente, de lo que dije se infiere con claridad que indiqué como responsable a mi “amigo” y no al otro con quien casi no podía cruzar una mirada sin ser herido en mi ego.

Las consecuencias no se hicieron esperar. El “amigo” y los amigos del amigo me tildaron de traidor. Me han retirado el saludo y vuelven la vista cada vez que nos cruzamos en la calle. Ahora planean retirarme su mano en misa, en el “pax tecum”, si alguna vez les brindara la oportunidad, alargando la mía, por coincidir cerca de ellos.

Esta entrada fue publicada en 2 Narración y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s