El victimismo como sufrimento

Hacerse la víctima es decidir vivir encerrado en la habitación del sufrimiento

Le miro. La veo. En sus ojos percibo una enorme tristeza. Sus últimas reacciones están relacionadas con la oscuridad de sus ojos. Me da mucho que pensar. Hablo de Asunta, una mujer que acertó a pasar por estos lugares y se quedó, se quedó con todos sus problemas y de aquéllos nacieron otros. Piensa que todo el mundo la rechaza. No le auguro ningún futuro ni medio bueno. Lo cierto es que ha dado muchos motivos para que la gente esté enfadada con ella. Pero, en lugar de agarrar al toro por los cuernos, ha introducido una nueva guerra y lo tiene muy difícil salir indemne: se hace la víctima, ha decidido vivir encerrada en la habitación del sufrimiento.

El victimismo es un azote demasiado duro. Lo expresaré con una metáfora: es como caminar, por una senda llena de charcos de agua, con un pesado saco de trigo a la espalda. Indudablemente, hay que descansar cada cierto tiempo y al intentar dejar el saco de trigo en el suelo, ocurre que siempre cae en el susodicho charco, con las consabidas consecuencias. Se moja y al cabo de cada descanso pesa más, hasta que, por fin, dominados por el peso y el camino, caemos abatidos nosotros mismos junto al saco de trigo.

En estos casos no hay más salida que ser conscientes de que cargamos con un enorme peso. Y cuando queremos descansar hay que hacer hasta lo imposible para que nuestra carga, el saco de trigo, no caiga en el charco. Y en la medida de lo posible aligerar el peso echando el grano “a los pájaros del cielo”. Entonces comprobaremos que, antes de llegar al destino, nos sentimos aliviados, nos sentimos libres, dispuestos a emprender una buena obra.

El complejo de mártir o víctima distorsiona completamente la realidad. El “mártir” piensa que es el centro de todos los comentarios envenenados, que es el blanco de todas las flechas. En realidad, eso es el juego del ego. Al ego le gusta asomar la cabeza por donde sea y ser protagonista, aunque sea a costa del sufrimiento. En efecto, nuestro ego es el protagonista que sufre.

La persona que se vive como víctima, está llena de prejuicios y sospechas infundadas, arremeterá contra todo aquel que se le ponga delante, tenga o no razón. Emitirá juicios y críticas en contra sin importarle solucionar el problema, con tal de, momentáneamente, satisfacer su ego. El victimismo hace ver fantasmas, como las ve Asunta. Confunde todo de forma que es imposible hacer algo de luz sobre toda esa amalgama de dislates. No hay nada que hacer si no se empieza por desmontar la película que se ha fabricado nuestra mente.

El victimismo es completamente destructivo, un camino directo a la depresión. Casi al final, no me resisto a lanzar la pregunta: ¿los humanos por qué decidimos sufrir? Voy a terminar con un consejo para Asunta, que lo recibo de prestado de manos de algunos experimentados psicólogos: mientras no cambies tu actitud no cambiará la situación, porque el problema no es lo que nos ocurre sino cómo lo tomamos lo que nos ocurre.

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