Vida de sueño, sueño de vida

Sueño. ‘Sueños, sueños son’. Pero en ese sueño se me aparece un chico joven que nunca he visto en persona, aunque sí por televisión. Sobre todo, en su momento, oí hablar mucho de él. Recuerdo vagamente su apellido, mejor dicho, no recuerdo si se apellida Armendáriz o su primer apellido es Murillo. Si mal no recuerdo, era estudiante de arquitectura, así me lo confirma mi sueño. Es un muchacho de Pamplona, que en el tristemente famoso accidente del camping de Biescas, ocurrido el 7 de agosto de 1996, perdió a sus padres y una hermana, según la versión oficial, aunque en sueños veo hermano y hermana, muertos, junto a sus padres. La verdadera cuestión es que se quedó solo en este mundo, con todo lo que eso supone; si bien, su buena tía tuvo la bondad de recogerlo y acogerlo en su casa. Recuerdo, asimismo, no sé si durante el sueño o después, que el 7 de agosto es san Cayetano y que en cierta ocasión estuve en el Monasterio de Iranzu (Abárzuza) donde se reúnen los antiguos alumnos de los Padres Teatinos. Iranzu, como dicen por aquí, está en una hondonada, y no es difícil que venga una riada similar a la de Biescas, aunque aquí, afortunadamente diría yo, no hay camping.

Los sueños se caracterizan por su versatilidad y asociación de ideas, conceptos e imágenes. El muchacho, de golpe, se convierte en un hombre hecho y derecho, de unos 35 años, es decir, de la edad de mi hijo mayor. Así son los sueños. Van relacionando elementos, sin saber porqué y sin que muchas veces se ajusten exactamente a la realidad, pero siempre tienen un trasfondo verídico, verdad simbólica, desplegando sobre todas las verdades.

El hombre está sentado delante de ordenador, dentro de un despacho muy amplio que comparte con una chica joven. Ambos dibujan. De hecho, en una mesa grande que está en el centro del despacho hay una cantidad enorme de planos con distintas perspectivas y vistas, todos ellos corresponden a edificios, principalmente a viviendas.

El hombre, al verme, se levanta, me da la mano y me hace entrar en un salón contiguo y, sin dilación, comienza a hablar:

«No hace falta que me pregunte nada. Ya se lo digo todo. Como sabe, el accidente ocurrió el 7 de agosto de 1996. Allí pereció toda mi familia. Me quedé solo en el mundo, con el cielo arriba y la tierra abajo. Transcurrió todo tan rápido que no tuvimos tiempo de hacer nada por librarnos de aquel infierno. Yo me salvé por un milagro. Me trasladaron al hospital de Sabiñánigo. Estaba bien. Pero no entendía por qué estaba solo, por qué no estaban allí mis padres y mis hermanos, estando, como estaba, hospitalizado. Al día siguiente me visitó mi tía. Al principio no hacía otra cosa que llorar. Yo tenía miedo preguntarle nada. Cuando ya no le quedan más lágrimas, levantó la vista al tiempo que retiró su mano que acariciaba mi rostro. Por fin, habló: “Han muerto. Entonces sollozamos juntos, tan fuerte que podían ser escuchados desde el otro extremo del hospital. Yo me quería morir, gritaba de desesperación. Mi tía entonces ya no lloraba, trataba de calmarme a mí. Yo no sabía lo que hacía. Me sedaron.

»Cuando llegué a Orkoien, allí residía mi tía, me esperaba una mujer joven. Al verme, se acercó a mí y me besó. “En adelante tú y  yo vamos a ser muy amigos”, sostuvo. Mi tía me indicó la habitación. Ya la conocía. Allí dormía mi prima hasta que se casó. Una habitación pequeña pero muy bien dispuesta y arreglada. “Mira esta chica se llama Ana y es psicóloga”, dijo mi tía. Ella, sin retirar la sonrisa de sus labios, me pidió que me tumbara y mes desnudara de la cintura para arriba. Al tumbarme, boca arriba, me veía en el espejo de enfrente, casi sin reconocerme. La psicóloga puso su mano en mi barriga, al tiempo que decía: “Te duele, te duele mucho, es normal, te tiene que doler, lo contrario sería muy malo para tí”. No entendía cómo el dolor podía ser bueno. Luego me hizo dar la vuelta y entonces »puso la  mano sobre mi espalda: “Repitió todo y aún añadió: “…te duele aquí, aquí también, y aquí”. “Me duele dentro”, le decía yo. “Pero este es el reflejo del dolor interno”, se interponía ella. Y trataba de persuadirme: “El dolor es uno solo, cuando se cura uno se curan los demás”.

»Por ese dolor tan insoportable, que ella decía que todo era uno, yo odiaba al mundo entero; incluso, a mis padres, a mi hermana y a la otra tía que también falleció en el mismo accidente, por haberme dejado solo en esta vida. Pero, sobre todo, odiaba a los responsables del camping. Les deseaba la muerte, y no, precisamente una muerte dulce y piadosa, sino atroz, como mínimo igual que la que había tenido aquella pobre gente indefensa. No se libraba ni Dios (no es la típica expresión sino literal). Yo me rebelada contra Él.

»Esta última manifestación o actitud mía sirvió a la psicóloga para iniciar la terapia: “Compréndelo —nunca me llamaba por mi nombre, utilizaba un lenguaje referencial, anafórico—. Escúchame —me decía—, no hay un ser que actúa desde fuera, un Dios intervencionista, y es absurdo rebelarse contra algo que no existe. Acepta el dolor, es inevitable pero no te reduzcas a ello. Eres más que eso. Y no añadas sufrimiento al dolor con ‘historias mentales’, con trampas del ego (ya entendía esas palabras, porque había leído algo sobre Freud)

»Luego añadía: “La suerte está echada: teníamos dos posibilidades, nacer o no nacer. Nos ha tocado lo primero: una vez que nacemos estamos expuestos a lo que nos depara la vida. En ese sentido no hay ‘responsables’. Pero, a pesar de lo que nos pasa, merece la pena haber nacido, solo por contemplar el Misterio que nos rodea, el Misterio de todo Lo Que Es. ‘Lo que no se puede expresar en palabras, si embargo es por lo que las palabras se expresan, ese es Dios y no lo que gente adora’… O lo que tú piensas.

 »Respira hondo, acalla la mente, trata de venir al presente, el único tiempo real que puedes vivir, otro nombre de la eternidad. ‘El exceso de pasado es sufrimiento; exceso de futuro, ansiedad’. Estudia, sal con los amigos, vete con chicas o chicos. Tus padres y hermanos quieren lo mejor para ti. ‘Eres una criatura que sufre. Eres una criatura que ama. Y esa criatura que ama puede consolar a la criatura que sufre’.

»“No odies a nadie. Ni a los responsables del camping. Eso te hará sufrir más. Sufrir es humano, pero como humano que eres también puedes sobreponerte al sufrimiento. Piensa que tendrás que verte cara a cara con los responsables de camping. Habrá un juicio, allí estarán ellos y allí estarás tú. Nunca les retires la mirada, pero que tu rostro no refleje ningún sentimiento de odio o venganza. Solo mírales, no añadas nada a esa mirada, a ese ‘ver’. Seguramente los acusarán de ‘homicidio imprudente’. Tú, a lo mejor, querrías que fueran acusados de ‘asesinato’. Quizás no estés de acuerdo con la sentencia. Podrías tener un ataque de rabia. Pero piensa que tú no eres ese que sufre el ataque rabia, sino el testigo que lo observa. Deja que la Justicia haga su trabajo, confíate a ella. No te erijas en juez de nadie. No puedes ser juez y parte (aunque sea involuntariamente).”

»Estas y otras muchas cosas estuve trabajando con la psicóloga, solo y en grupo, durante varios años. Mi psicóloga insistía mucho en una cosa: “Probablemente, los responsables tengan que pasar por la cárcel. Quizás sientas que no deberían salir nunca. Ya te he dicho que eso no debes decirlo tú. Ataca lo que los jueces digan”.  

 »También me decía: “Imagínate que por circunstancias que nadie se explicaría que no te conceden indemnización alguna. Ni siquiera en ese caso debes perder la serenidad y la paz interna. Lucha con todos medios por conseguirla, pero hazlo sin perder la compostura. A veces, tan importante como lo que nos ocurre es lo que hacemos con lo que  nos ocurre. Lo que nos ocurre no está en nuestras manos, pero sí la actitud ante eso.”

»Yo soñaba muchas noches que ellos estaban en la cárcel y me sentía feliz, hasta que la psicóloga se sentaba al lado de mi cama y me decía: “… sí, pero algún día saldrán de la cárcel y debes estar preparado para ese día, porque tú tienes que ser feliz con ellos en la cárcel o en la calle. No te fíes de los que dicen que comparten tu sentimiento de que no debieran salir. Te están utilizando para algún fin oscuro y eso no te traerá ni beneficio ni bien alguno”

»Después seguimos trabajando. Mucho. Y hoy soy feliz.»    

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