Denuncia y solidaridad

Cuando oigo hablar a algunos jerarcas de la iglesia española sobre la nueva evangelización, me vienen muchas cosas a la cabeza pero, sobre todo, me viene el giro involucionista que quieren imprimir ciertos responsables, intentando volver a poner las cosas como fueron aún no hace mucho. Como botón de muestra indiquemos esa lucha feroz por imponer la religión católica en la escuela pública.

Yo creo que lo urgente es evangelizar la propia Iglesia. Y eso, entre otras cosas, alude a cambiar bastantes cosas que no han nacido del evangelio, sino de determinados contextos históricos favorables para implantar sus criterios absolutistas en cuestión de moral y costumbres, que chocan frontalmente con el panorama cultural que nos corresponde vivir.

Siempre se ha dicho, «no se puede hacer comulgar a la gente con piedras de molido.» Dicho de otro modo, no se puede pedir a la persona del siglo XXI vivir en estructuras y formas culturales ya superadas. Parece, a veces, que la jerarquía está más preocupada en mirar a la supervivencia de las estructuras eclesiales que al propio evangelio del que no se desprende que Jesús tuviera interés en fundar una nueva Iglesia.

Hoy en día, en España no se puede entender el acercamiento al evangelio sin una crítica justa y una denuncia ajustada a los desmanes y despropósitos políticos y económicos, propios del sistema capitalista salvaje, que están dejando sin suelo y sin apoyo, hundida y a la deriva, a la clase más desfavorecida. Por supuesto, la crítica combinada con la acción práctica de la caridad, empatía y solidaridad.

Sin embargo, da la impresión de que la iglesia española está más preocupada por su status e influencia social, mirando su futuro y su porvenir en las estadísticas, vocaciones y asistencia a la misa dominical, con una añoranza exacerbada de los tiempos pasados, cuidando mucho su imagen en los medios de comunicación, y poniendo el énfasis en sus principios morales y sus dogmas, y no tanto en los problemas de salud y hambre que urgen al tercer y cuarto mundo.

Por otro lado, no es casual que la iglesia esté siempre con el martillo de la condena levantado. Es que venimos de una tradición cultural en la que la condena formaba parte habitual en la orientación de la brújula de la predicación y la homilía por parte de la autoridad encargada de guiar en ese sentido a los fieles. Pero ¿qué condenó Jesús? Sobre todo, la hipocresía. Y una cosa muy evidente: Jesús denunció sin paliativos la opresión y la marginación de los de abajo en nombre de Dios y en nombre de la religión.

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