Libertad de expresión

Tanto nos quieren limitar y estrechar la rendija –ya de por sí estrecha– de la libertad de expresión:

 

«Tengo una perra blanca. Mi perrita blanca solo tiene cuatro meses. Mi perra blanca es muy juguetona. Todos los días salgo a pasear con mi perra blanca. Mi perra blanca es muy discreta y muy educada. Mi perra blanca no levanta la pata para mear y nunca vacía su pequeña vejiga sobre los autos aparcados. Mi perra blanca es muy limpia, jamás mancha el parque con sus deposiciones. Mi perra blanca se esconde entre la maleza del río para hacer sus necesidades. Así, no es menester recoger las heces ni existe la probabilidad alguna de que nadie mache sus lustrosos zapatos o zapatillas de marca que fabrican unos niños, de unos países lejanos, en régimen de esclavitud y nosotros las llevamos sin ningún remordimiento de conciencia porque estamos vacunados, peor aún, anestesiados contra ese tipo enfermedades.

»Pero mi perrita blanca, la muy inocente, no sabe lo que pasa allende de las lejanas fronteras. No sabe que los pobres niños de muy remotos lugares fabrican zapatillas para que luzcamos en esta parte del globo terráqueo donde la gente es muy civilizada. Mi perra blanca, la muy inocente de ella, piensa que todos los niños de mundo son como los de su barrio, que todos van a la escuela, que todos comen bien y que el en mundo no hay explotación infantil de ningún género, menos aún explotación sexual.

»A mi perra blanca le gusta correr detrás de los niños del parque, jugar con ellos, morderles la pierna, pero sin hacerles daño. Mi perra blanca no es capaz de hacer daño a los niños. No entendería que un ser vivo hiciera daño a otro ser vivo, sobre todo cuando este no es adulto. Mi perrita blanca también sigue a los pájaros de parque. Nunca lo he visto alcanzar a uno. Pero sé que, si llegara a cogerlo, lo acariciaría con su fino hocico.

»También pasean por el parque perritos de su misma raza. Mi perrita blanca yergue su cabecita, eriza los pelos de la parte anterior de la columna vertebral, levanta las orejas, comienza a girar en circunferencia y a correr en grupo hasta que cada cual sigue su camino obedeciendo las consignas de su cuidador.

»Mi perra blanca lleva un collar de cuero, con el nombre inscripto en chapa decorada y decorativa de acero inoxidable y yo porto en mi cartera toda la documentación exigida por el departamento de sanidad. Le compré una cadena preciosa a mi perra blanca, que se la coloco para atravesar la calles y lugares peligrosos para sus integridad física. Como fácilmente se comprenderá, de momento no hace falta colocarle ningún elemento disuasorio ni preventivo para evitar que cause daño a terceros. Mi perrita blanca es muy dócil y nada agresiva. Mi perrita blanca no ve peligrosos y no es capaz de poner en peligro a nadie.

»Cuando llegamos al portal de la casa, le suelto la cadena y ella sube, veloz, escalera arriba, y pega la puerta de con su patita derecha y mi hija Amaya, diligente como nadie, la recibe con carantoñas y fiestas, y mi perrita blanca se implica en el juego gustosamente. Luego de muchas travesuras mutuas, cenan juntas, hablan sin parar y cuando el sueño ataca a ambas, se retiran a la habitación para dormir cada cual en su sitio.»

Esto es lo que se va poder escribir de aquí en adelante, si uno no quiere incurrir en gravísimos delitos que le pueden costar mucho dinero (de todas formas, menos de lo que presuntamente han robado algunos) e incluso dar con sus huesos en la cárcel.

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