Reflexiones en voz alta

Ya sé que no es un título original. Estas reflexiones tampoco surgen de la nada. Al menos, en lo que a mí respecta. La intertextualidad es un hecho más que evidente entre los escritores. Los que tenemos la suerte de que nos gusta la lectura, disponemos de fuentes inestimables donde nos nutrimos y ampliamos nuestro acervo cultural. Pero, a veces, la mayor virtud de la lectura es que ves reflejadas muchas ideas que tú mismo llevas dentro y nunca has sabido cómo sacarlas fuera. La lectura te induce y te impulsa a pensar, y buscar modos de expresión para nuevas versiones que cada cual pueda hacer a partir de la idea original. Porque una idea es como un árbol que se puede ir ramificando más y más gracias a la intervención de los distintos colaboradores.

No estoy de acuerdo con los que se quejan, a veces amargamente, de que sus textos han sido “plagiados”. No creo que se esté prodigando demasiado el ya clásico “cortar y pegar”. Normalmente, se trata de dar una nueva o renovada visión de lo que inicialmente se había expuesto. No solo eso, sino que en oposición a una idea concreta nace otra complementaria y enriquecedora aunque incluya parcialmente algo que ya existía en el primer texto. O se pueden examinar aspectos no contemplados en el escrito original, pero que están relacionados.

Creo que no habrá mucha gente que no rebele la fuente de un escrito, aunque haya hecho uso muy parcial de él. Sin embargo, sí ocurre que al tomar nota de una cita se tiene poco cuidado y no se apunta la fuente. Cuando es una cita breve, yo creo que la dispensa está otorgada con que se ponga dicha cita entre comillas, si no se recuerda el autor. Cuando nos referimos a resúmenes relativamente amplios con intertextualidad, existe una fórmula, para mí muy acertada, que es poner estas iniciales: cf. (confer: compare, consulte, confronte).

Y me parece bastante contraproducente esa cláusula que aparece casi en todos los libros: “Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares…”  Voy a hacer dos apuntes al respecto: a) a veces, es demasiado lioso el tener que ponerte en contacto con los titulares de la obra, máxime cuando se trata de una simple cita, aunque sea bastante extensa, b) al citar un determinado contenido del libro, estás, de alguna manera, promocionando ese libro, cosa que también habría que tener en cuenta.

 A esto último llamo yo “efecto televisión”. Por ejemplo, a un acontecimiento concreto, la televisión le puede restar espectadores en un momento determinado, pero en general la televisión aumenta el número de seguidores de cualquier disciplina. El eco televisivo gana adeptos incluso para aquellos espectáculos que antes apenas se conocían como es el caso del fútbol sala, etc.

De la misma manera, la cita de un libro con un comentario elogioso puede contribuir a que más lectores busquen ese libro. Las cosas, sin excesos y sin avasallar a nadie, acompañadas de una mínima dosis de ética, pueden funcionar bien y satisfactoriamente para todos.

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