PAZ Y BIEN

 

 

Para el que sabe ver

siempre habrá al final del laberinto

de la vida

una puerta de oro.

Si la atraviesas hallarás un patio

con musgo, empedrado,

y en él dos cedros opulentos con

sus pájaros dormidos.

(No encontrarás ya aquí la música de Orfeo

sino solo silencio.)

Cruza el patio, verás luego otra puerta.

Ábrela.

Ya dentro, en la penumbra,

verás un muro

y, en él, unas palabras muy borrosas

de cuya sencillez brota una luz

que, lenta, pasa a ti y te devuelve

al fin la libertad, la plenitud de ser:

“Sean siempre alabadas

las palabras dulcísimas

que sanan: paz y bien”.

Después, ya en la soledad profunda,

verás que te hallas frente a otra puerta

que aún no puedes abrir

porque no es el momento:

lo que quizás te lleve a otro laberinto,

al laberinto último, invisible.

¿De él habrá salida?

(Solo queda esperar,

esperar al amparo seguro

de las letras borrosas

que sanan).

Antonio Colinas
Cortesía de E.M. Lozano

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