Libre albedrío y “libertad condicional”

No elegimos ni siquiera los pensamientos ni los sentimientos. En nuestra vida, el determinismo es casi total

Podíamos comenzar preguntando si el ser humano es auténticamente libre. Según mi opinión, somos libres, si lo somos, siempre dentro de unos límites. En otras palabras, podríamos decir que somos unos actores que representamos una obra de acuerdo con un guión preestablecido, con muy poca posibilidad de improvisación. Cuando, hace más 40 años, se casó un amigo nuestro con una chica de Ibarra, en la ermita de Izaskun, me hicieron mucha gracia las palabras del sacerdote oficiante: “La voluntad de Dios se ha encargado de unir en el altar a P. (nombre del chico) y L. (nombre de la chica) y acuden con plena libertad a recibir el santo sacramento del matrimonio”.

Para entonces yo ya había empezado a dar la “segunda vuelta” a muchas cosas. Recuerdo que hice el siguiente comentario entre los amigos: “Si  ha decidido Dios esta unión, eso significa que no han acudido con plena liberdad”. Y luego añadí: “Si no hubiera habido servicio de autobús desde nuestro pueblo a Tolosa los domingos, es muy probable que ni siquiera se habrían conocido”. “¡Cómo eres!, no sé lo que hay en esa cabeza tuya”, me decían los amigos.

La libertad es muy relativa: no elegimos ni los padres, ni los hijos; en la elección el cónyuge intervienen un sinfín de circunstancias; no elegimos ni el lugar del nacimiento, ni el país, ni la lengua y la cultura… No elegimos ni siquiera los pensamientos  ni los sentimientos.

En cierta ocasión, el versolari Egaña dijo al versolari Olaso: “Tú no piensas, tú tienes ocurrencias”. Salvando la ingeniosa ironía de Egaña, en realidad “no pensamos” ni Olaso ni ninguno de nosotros. Los pensamientos y los sentimientos aparecen en nuestra Consciencia sin previo aviso y sin ningún consentimiento nuestro. Y se van tal como vienen.

De cualquier forma, suceden cosas muy curiosas con el pensamiento (puede probar cualquiera de nosotros). Si intentamos observar con plena atención un pensamiento que debería instalarse en nuestra mente, no aparece ningún pensamiento. Si dejamos de observar, comenzará un desfile interminable de pensamientos. No es posible querer observar un pensamiento y pensar, al mismo tiempo.

Llegado a este punto, quiero formular una serie de preguntas a fin de promover a la reflexión. ¿Estáis seguros de que los alimentos que tomamos, el desodorante que compramos, el sitio que elegimos para pasar las vacaciones, la dieta para adelgazar, la ropa que nos ponemos, nuestra ideología y los valores cívicos y religiosos (por ejemplo, el ecologismo) elegimos con total y plena libertad? ¿Estáis seguros de que una discusión (al margen la política) entre los amigos o una noche de parranda (estoy exagerando adrede) no influyó a que algunos se quedasen en la Mesa de Alsasua y otros empezásemos a pertenecer a EIA?

Y volviendo al inicio del párrafo, debo confesar que yo me visto de acuerdo con la mujer que “elegí” para compartir la vida, y ¿quién sabe si ella no está influenciada por los anuncios de la televisión? La mayoría de las cosas no las elegimos, las aceptamos; y a posteriori, después de un proceso, decimos que las hemos elegido.

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