Crónica de un paseo: la naturaleza recompensa la atención

«La naturaleza es sabia», decimos. Ciertamente. Por ejemplo, un paseo al aire libre por cualquier itinerario, es un museo abierto en la naturaleza que nos muestra infinidad de cosas si disponemos nuestros sentidos y le prestamos atención. Hoy ha sido uno de esos días.

Salgo a las ocho de la mañana en punto de mi lugar de residencia en Arguiñano (Guesálaz). Sin demora recibo las primeras caricias del fresco aire que rondaba a esa hora en el valle. He tomado el camino de Vidaurre, campo a través ganando algunos metros a la carretera. De momento el sol se esconde detrás de las montañas o entre montañas de nubes que cubren el cielo.

Esperatz queda a mi derecha; Elimendi, a la izquierda. Entre ambas, se extiende un vasto campo de diversa naturaleza: encinas y espliegos, bojes y diferentes especies de arbusto, pero el entorno más próximo es terreno de labranza.

Estamos en septiembre y, lógicamente, la cebada y el trigo ya están en el granero; es el turno del girasol donde se esmeran ahora las máquinas cosechadoras. Lo atajan alto por miedo a percances en al cuchilla cortadora y allí quedan los largos palos, agarrados a la  tierra, como escuálidos cuerpos decapitados sin brazos ni piernas.

Guembe es mi próximo destino. A la entrada observo una docena de vacas bien cuidadas; algunas pastan, otras están tumbadas. El mejor espectáculo me lo ofrecen una joven vaca roya y su cría, esta mama, y en abundancia, según da a entender su espumosa boca, mientras su madre rumia, tranquila. Varios perros, de tamaño y raza diferentes, salen a mi encuentro. Ladran sin que se advierta en su ladrido intención mala alguna. Oigo el característico sonido de una fuente, junto al lavadero del pueblo hermosamente adecentado.

Tomo el  camino de la ermita de San Antonio. A ambos lados del camino, veo varios tipos de árboles frutales. Los ciruelos ya levantan sus ramas hacia el cielo, aliviados, después de un verano duro, al tener que sujetar tanto peso en una añada extraordinaria. Ahora son las ramas de la higuera, el manzano y el membrillo las que miran al suelo donde yace parte de sus frutos, aunque es mucho lo que sostienen todavía.

La ermita de San Antonio pertenece al término municipal de Guembe. Está dedicada a San Antonio de Padua cuya fiesta se celebra el 13 de junio. Pero en Salinas de Oro (Jaitz) tiene mucho predicamento este santo y la celebración es tan popular en un pueblo como en el otro.

Sigo hacia Salinas por terreno de bosque y arbustos a los dos lados del camino. Me sorprende un Todoterreno, de él desciende un hombre a quien conozco de vista. Mira y remira y mueve algo en el suelo sin que yo pueda advertir el porqué de su conducta. Él mismo me lo explica: busca rastros de jabalí, para tener cierta garantía y no dar palos de ciego en la asignación de puestos para las próximas batidas del sábado y domingo que vienen.

Vuelan cinco buitres por encima de mi cabeza, describiendo espirales en algunos casos, y círculos en otros. En lo alto hay una enorme roca; allí posan otros, en número que no puedo precisar. Sí observo que algunos alargan el cuelo y aguzan la vista, nos sé si por nuestra presencia o como gesto natural de la especie.

Antes de llegar a Salinas, paso por delante de una granja de ovejas. Allí balan, comen y dan de mamar a sus crías. Y esperan, creo yo, la llegada del pastor para salir al campo, que es lo que parece estar reclamando ese coro de balidos.

Ya en Salinas, en lo más de la torre de la iglesia, distingo a un operario; tan alto que da miedo mirar hacia arriba, lo hago como la gallina bebiendo agua. Trabaja en el retejado de la iglesia parroquial. Le he deseado, sotto voce, termine la obra felizmente.

En el pueblo me encuentro con un matrimonio amigo. Son las 9,30 horas de la mañana. No dudan en invitarme y yo tampoco en aceptar su invitación. Me ofrecen un sabroso café con leche, acompañado de rosquillas caseras. Me saben a gloria, como es costumbre decir aquí. Charlamos animadamente cerca de una hora.

Emprendo el camino de retorno a Arguiñano, distinto, por cierto, al que me había llevado hasta Salinas de Oro (Jaitz). Añado a mi equipaje una de bolsa de hortalizas que me han preparado mis amigos. Obviando la carretera, por atajos y alcorces, entre rastrojo y tierra labrada, me encuentro en la cuesta del cementerio, antesala de la plaza del pueblo de la que había partido tres horas y media antes.

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