“OTRO MODO DE VER, OTRO MODO DE VIVIR”

AL FINAL DEL ENCUENTRO EN ARANTZAZU CON ENRIQUE MARTÍNEZ LOZANO

CARLOS VILLALBA

¡Este momento abrazo, momento canto, bertso, momento pan; este momentometanoico… lugar de regalos…, momento —¡chist!— del silencio de fondo que contiene todos los sonidos; momento en el que nos reconocemos en el gusto-regusto de ser, de ser no más —ese gozo de saberse, pase lo que pase, a salvo—; momento en el que está todo!

Momento memorable, recordable (lo amasará una y otra vez  nuestro corazón), en que otro modo de ver, mirada nueva, ha hecho que nuestras manos toquen la bondad fontal de la vida, lugar del que ya no se apartarán…

Este modo de ver-vivir pone todo el amor en lo que estés haciendo, centra toda la mirada en el presente —presente y gozo son la misma realidad—,      y se soporta en tres ejes más uno: los ejes de la atención, del acogerse a uno mismo y del no-pensamiento; más el eje de la “llanta radiada”.

¿Eje atención? Sí, elemental y claro: consiste en, primero, poner plena atención al ahora; segundo, volver a poner esa atención, y, después, volver a reiterarlo. Sucede entonces que la atención hace crecer a nuestros enanos: si atiendes sencillamente al momento en que estás, ¡ah!, crece el bienestar; atiendes y, ¡yea!, crece la ecuanimidad;  atiendes y… la enana empatía ¡oh!, se hace grande; y enana resiliencia (flexibilidad y fuerza tras la adversidad), ¡eup!, se fortalece.

 Es que al atender al presente, las cosas se ponen más fáciles. Atiendes, y la Vida respira en ti. Te vuelves un ser “respirado”.

La cosa tiene truco: no hacer caso al mono (mente) que quiere que te dediques a tocar la banana, y salirte de la jaula del pensamiento. Y cada vez, una y otra vez, enrumbarte —mejor si es en “son de rumba”— a tu casa sin fronteras, a la consciencia de lo que eres.

Eres consciencia cuando, acallados los pensamientos, nada más atiendes a tu casa. Y pasa que, si atiendes, siempre habrá para ti una puerta de oro. Podrás abrir una y otra vez la puerta. Se aclarará lo oscuro. Se habitará el vacío. Se ablandará lo rígido. Descargarás lo pesado. Soltarás lo atado. Eso duro que hay en ti se suavizará y sonreirá.

Y ya no te pararás en chiquitas: serás océano, árbol, montaña… y  “eje de llanta radiada”. ¡Océano sí!, pues eres ola inseparable de su quietud de fondo infinito. ¡Árbol sí!, azotado por vientos, firme, creciendo en raíces para lanzarse a lo alto. ¡Montaña sí!, de entrañas de fuego, mineral y agua, enormemente estable.

  (Nota: a veces sucede un regalo en la montaña, al pie del árbol de piedra, y es que mendizale Pello juega con el aire, que forma variaciones de melodías de la tierra, y se diría entonces que hasta el océano “hace la ola”).

No es que tú —árbol, montaña, océano—, te libres de tempestades y  avatares, simplemente es que tú, pase lo que pase, rápidamente te resituarás de nuevo, te re-colocarás en tu lugar más propio, al que siempre vuelves porque a él perteneces. Es que estás conectado con el milagro de la vida y ya ningún bache logrará sacarte de tu eje, de lo que eres: consciencia y amor, amor a toda, toda la realidad.

Y vivirás confiado, porque que has caído en la cuenta de que el fofondo de lo real es fiable. Y porque sabes que tú eres un “orden desplegado” y un “orden implicado”, a la vez. Y aunque no tengas mayor idea de lo que significa, sientes su belleza, esa belleza inscrita en cada célula tuya, en cada átomo, que son, al final, memoria, información, consciencia de tu plenitud. Esa es la materia de la que estás hecho, materia que en su profundo oculta el mayor de los misterios: la consciencia.

Consciencia. Ese lugar-no lugar donde, roto el telón del pensamiento, se cae el mono y se cae todo para que en escena actúen la libertad (el no miedo), la ecuanimidad (el eje disfrutando incluso del ruido de la llanta), la plenitud (conexión total con el presente), la compasión (expresión de la unidad); y, en el desenlace, la atención atendiendo a la atención.

Allá vas, soltando, rindiéndote, amando todo lo que eres (amando tus lados luminosos pero igualmente, tiernamente, tus sombras).

Allá vas,  ahora desde aquí, desde Arantzazu, cuando estás un poco o un bastante más allá del mediodía de tu vida. En este espacio telúrico de generosas aguas repartidas, donde los peñascos venidos de fondos marinos, hendidos por torrentes eternos, ensanchan espacios para que las escolanías puedan abrir la flor de sus cantos y los frailes menores elevar sus torres emblemáticas con imágenes de nuestras vidas. Aquí, sabiendo que el sol de nuestra tarde iluminará todas nuestras caras y que la luz nos brotará de todos lados. Aquí festejando el gesto de doblar un poco las rodillas para disponernos a la desapropiación, a la bondad, a la solidaridad, y a siempre dar un paso en este mundo para que se acerque al paraíso.

Y de Arantzazu ahora saldremos. Salir es un decir. En realidad ahora lo que haremos es entrar, porque vamos a casa —ese lugar sin “deberías”—, ese lugar realmente real. ¿Qué es lo real? ¿Cómo te lo diría? Ese lugar que es Dios mirándose con gusto, y sonriéndose. Sonriéndose porque ese lugar eres tú.

Vivirás en casa, amorosamente con tu niña/niño, contigo misma, querida pequeña querido pequeño. Tu niña, tu niño ha acudido convocado por tu mirada. Le has abrazado cuando le has llamado por sus nombres: Buena Valiosa Limpia Valerosa. Y ha llorado cuando le has asegurado con tus lágrimas que contará siempre contigo.

Finalmente, antes de ir, al unísono nos inclinamos suavemente ante Maestro Enrique —su caricia impagable—, y al unísono agradecemos la exhalación de bien que nos han regalado Iñaki, Martxi, Pello, José Mari y su equipo, enviándoles a ellos el mayor deseo de bien, dicha y salud.

Y a todos nosotros, el mayor deseo de bien, dicha y salud. También a los que queremos y a los que ignoramos. Y para Ama Lurra/Madre Tierra/Pacha Mama, el mayor deseo de bien, dicha y salud. En la seguridad de que les llegará.

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