Haciendo tiempo  

Doce y veinticinco del mediodía. Espero a mi mujer. Estoy en una cafetería que también es panadería. Antes he estado en otra. Es el segundo café-cortado que me he tomado hoy. El frío de la calle de este 23 de octubre de 2014 invita a ello. 23 de octubre. Me he acordado del cumpleaños de mi hermano. Hoy cumple 80 años. ¡Se dice fácil! Aún juega al mus. Ya no fuma tantos puros. Pero aún ha de fumar muchos, como diría un navarro castizo, en un lenguaje con más que evidente sustrato euskaldun.

Yo cumpliré 69 el próximo 16 de noviembre. Soy del año de la bomba atómica de Hiroshima. La bomba que tantos remordimientos de conciencia levantó en el señor Einstein, y ninguno en la conciencia del entonces presidente de Estado Unidos, Harry S. Truman.

En la otra cafetería he estado, precisamente, leyendo un libro de física (ahora continúo aquí) El universo para Ulises, de Juan Carlos Ortega. Leo sin otra motivación que el propio gusto de leer y aprender. Aprender. Aprender para nada, que es el mejor de los aprendizajes. Hemos olvidado realizar cosas sin aparente objetivo.

He leído un capítulo sobre los agujeros negros. Explica el proceso de su formación con todo lujo de detalles y ejemplos, pero no expone nada claro la fórmula para detectarlos. Se limita a decir que se pueden detectar por el raro comportamiento que observan las estrellas que se encuentran en su área de influencia.

Luego he pasado directamente a Paul Dirac. ¡Qué curioso esa idea de los números negativos, y sus raíces cuadradas! No cabe duda. Hay que tener mucha imaginación y saber mucha matemática para lanzar semejantes hipótesis: sobre antipartículas. Artífice de la aclaración de algunos “misterios”, pero que da pie a otros.

El autor del libro pasa de la física a la filosofía. Filosofa, conversa con Ulises y sostiene, a propósito de la dualidad onda-partícula, que tan raro es que una cosa sea solo “una” como una cosa sea “dos”. Doctores tiene la… Misterios hay, y de todo tipo, también en la vida cotidiana.

O ¿no es misterio, por ejemplo, que de unos gramos de líquido viscoso y blanquecino, depositado en la vagina de una hembra, se una con un elemento llamado óvulo y nazca un ser nuevo? O ¿tampoco es misterio que la aves no puedan practicar más que el sexo anal? Además, según tengo entendido, hay muchos animales homosexuales o bisexuales, como el bonobo que comparte el 98 % de su ADN con el ser humano.

¡Ya no puedo más! Cambio de libro. Retiro a Ulises y acojo a Duffy. Abro en la página 84 la novela de Adrian McKinty, titulado Cold Cold Ground. Leo al sargento Duffy, después de una noche de sexo con la forense doctora Cathcart:

Admiré sus pechos pequeños, su cuerpo esbelto, sexy, el culo respingón mientras se alejaba. Era como una de esas chicas que te encuentras por el campo en cualquier parte, cuando vas en bicicleta cubierto de barro hasta arriba y ella pasa al trote en un enorme caballo pardo. Me gustó la imagen. Y me gustaba ella. Pero era evidente que tenía prisa por librarse de mí.

Quería que me vistiera, comiera y me largara.

También esto es un misterio.

Y llegó la hora. Allí quedó la panadería. Allí la feria del jueves 23. Atravesé Abárzuza, dejé a un lado el cruce de Lezaun, pasé por el túnel de Lizarraga, bajé a Etxarri, llegué a Alsasua, luego a Idiazabal y en una hora, aproximadamente, me presenté en Zaldibia.

«Me espera una tarde ajetreada y ahora quiero recoger todo, antes cerrar los ojos durante media hora, y después partir para Donostia. El doctor Saga me espera con mes y medio de retraso. Por mi culpa».    

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