LA REVELACIÓN

Las revelaciones no se anuncian. Ellas siempre vienen de repente; la revelación es un evento cuando el tercer ojo se abre. Jesús comparaba lo imprevisible de ese momento con lo imprevisible del viento. Él sopla cuando quiere, no habiendo métodos que se protejan de su fuerza. El viento sopla y nos arrastra.

Si hubiera sido escogido por el gran soplo“, dice Octavio Paz, “es inútil que intente el hombre resistirse a él“. El viento de la revelación Octavio Paz lo describe en un párrafo inolvidable de El arco y la lira.

A veces sin causa aparente –o como decimos en español, porque sí– vemos de verdad el mundo que nos rodea. Y esa visión es a su modo, una especie de teofanía o aparición, pues el mundo se revela a nosotros en sus pliegues y abismos como Krishna delante de Arjuna. Todos los días atravesamos la misma calle o el mismo jardín; todas las tardes nuestros ojos chocan en el mismo muro anaranjado, hecho de ladrillos y del tiempo urbano. De repente, un día cualquiera, la calle da al otro mundo, el jardín acaba de nacer, el muro fatigado se cubre de signos. Nunca los habíamos visto y ahora estamos espantados porque están así: tantos y abrumadoramente reales. Su propia realidad compacta, nos hace dudar: así son las cosas ¿o son de otro modo? No, eso que estamos viendo por primera vez, ya lo habíamos visto antes. En algún lugar, en el cual nunca estuvimos, ya estaban el muro, la calle, el jardín. Y la sorpresa sigue a la nostalgia. Parece que nos acordamos y queremos volver para allá, para ese lugar donde las cosas son siempre así, bañadas por una luz antiquísima y al mismo tiempo acaba de nacer. Nosotros también somos de allá. Un soplo nos golpea la frente. Estamos encantados, suspendidos en medio de la tarde inmóvil. Adivinamos que somos de otro mundo.

Yo también estaba seguro de mí mismo, hasta que miré los ojos de aquella joven y ella miró los míos…

Era una tarde, tomé el metro. Estaba lleno, no había lugares. Me aseguré en un balaustre. Tenía planeado leer durante el viaje, pero en aquella posición era imposible. Guarde mi libro y me entregué a otro tipo de literatura: la lectura de los rostros… rostros que son objetos oníricos. CADA UNO DE ELLOS REVELA Y ESCONDE UN SUEÑO DE AMOR. Mis ojos veían de rostro en rostro, intentando adivinar lo que había en aquellos silencios: “Los cuerpos en aquellos bancos, las almas por largas tierras…”. Mi imaginación fantaseaba las tierras por donde andaban aquellos cuerpos sentados, y así iba pasando las caras como si fueran páginas de un libro.

Pero de repente mi lectura fue interrumpida; al pasar de un rostro a otro, mis ojos se encontraron con unos ojos que hacían conmigo lo que yo estaba haciendo con los otros: ellos me leían. Era una joven, nuestros ojos se encontraron y su mirada no se desvió. Es raro cuando ojos desconocidos se encuentran, y que buscan defenderse por medio del movimiento automático y desviar la mirada; la mirada silenciosa del desconocido es siempre incomoda. Pero los ojos de ella no tuvieron miedo, e hizo así una sonrisa discreta.

Me sentí como Narciso, y me veía reflejado en aquellos ojos como Narciso se vio reflejado en el agua de la fuente. Mi imagen estaba bonita, aquella sonrisa era la garantía de que ella veía belleza en mí. Es eso lo que todo Narciso desea, unos ojos que digan: ¡Usted es bello! Y así me quedé, en el suspenso de aquel momento romántico, paralizado de felicidad. Pues la felicidad es esto: cuando leemos, en la mirada del otro, la suprema declaración de amor que se puede hacer:  “Ver su rostro me hace feliz…”.

Fue entonces cuando ella habló. No dijo ninguna cosa, hizo un gesto que dispensaba las palabras. Simplemente se levantó y me ofreció su lugar…, y la bola mágica de felicidad en que me encontraba estalló por el choque de un gesto de gentileza.

¡Miserable gentileza! ¡Hubiera preferido una grosería! De hecho, el gesto que ella tenía era bello, más que bello era tierno. Le gusté, su gesto era una declaración de amor, casi un abrazo. Pero la belleza que ella poseía no era la belleza que yo deseaba. Ella me quería por una belleza que mi deseo no deseaba ver. Su gesto amable destruyó la bella escena que mi fantasía construía para ponerla en su lugar, otra también bella, pero con una belleza diferente: una joven y un viejo, mañana y crepúsculo, primavera y otoño. Ella, joven, podía continuar su viaje de pie. Pero mis piernas ya deberían estar cansadas de mucho andar por la vida. ¿Tendría sentido el verme? ¿Extrañaría a su padre ya muerto? ¿Nostalgia por su abuelo? Mi belleza estaba pintada con colores crepusculares. Todo eso fue dicho en aquel segundo cuando ella me obligó a sentarme en su lugar, con su gesto irrechazable.

Me acordé de los versos de T.S. Eliot

Y ellos dirán: “Su cabello cómo está ralo!”

Mi casaca distinta, mi collarín impecable

Mi corbata elegante y discreta

Fortalecida por un broche solitario

Pero ellas dirán: “Sus brazos y piernas ¡Qué finos están!”.

[They will say: “How his hair is growing thin!”
My morning oat, my collar mounting firmly to the chin,
My necktie y a simple pin
They will say: “But how his arms and legs are thin!”].

Y de repente me vi como nunca me había visto, iluminado por una luz diferente, una luz crepuscular. Y entonces todo cambió… De hecho “cuando nos sentimos más seguros, entonces sucede algo: una puesta de sol al final de un coro de Eurípides, un gesto delicado de una mujer, y otra vez estamos perdidos”. Si Monet estuviera presente, ciertamente hubiera notado el cambio de luz. Y quién sabe si hasta se sintiera tentado a pintar un lienzo tal y como lo había hecho con los montes de heno, los peñascos, la catedral y los lirios acuáticos.

Rubem Alves
(gentileza de E. M. Lozano)

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