LA VIDA QUE ES Y SOMOS  

Desde que me ha quedado sin Dioses creo profundamente en la Vida.

Ella no tiene forma, ni rostro, ni parentesco alguno. A ella no se la encierra en los libros, no se la somete a rituales, ni se la aprisiona con palabras. Ella no está avalada por la tradición, no se mata en su nombre, ni se conquistan reinos bajo sus símbolos.

La Vida está más allá de cualquier posible manipulación. Nadie puede poseerla, nadie es capaz de definirla ni de comprenderla.

Hemos querido apresarla, reducirla a segundos, minutos, horas, días, años, décadas, siglos o eras y a eso, presuntuosamente, le llamamos “tiempo” y pensamos que así logramos dominarla, que podemos poseerla. Pero estamos equivocados; el tiempo no existe, como tampoco existen el pasado ni el futuro; solo hay Vida que ha sido desde siempre, sin principio y sin final. Vida eterna desplegándose, Vida infinita surgiendo a borbotones hasta formar universos, galaxias, planetas; Vida henchida de creación que se derrama formando montañas, ríos, bosques, desiertos ardientes y planicies heladas. Vida volviéndose belleza y al mismo tiempo destrucción.

 Vida que ha gestado al ser humano y lo ha traído a la existencia para que celebre con Ella la pasión de ser, de estar, de respirar, de sentir el latido del corazón que es su voz en nosotros.

 Y esa misma Vida nos abre a la luz y nos deposita dulcemente entre las manos y los pechos de nuestras madres, sin que sepamos por qué ni para qué.

 La Vida nos pone en el mundo pero no se olvida de nosotros, no nos abandona, se hace pequeña y se introduce en nuestro interior y allí respira y late con nosotros.

 Desde un rincón del alma Ella nos llama, nos susurra, nos inspira, pero nosotros ciegos por nuestra ignorancia, sordos por el ruido, perdidos entre religiones y filosofías, engañados por falsas promesas de profetas oscuros, dormidos entre los brazos de nuestro propio orgullo, no la escuchamos, no la sentimos, no la abrazamos y vagamos en círculos creyendo que nos dirigimos a algún lugar.

Ignoramos a la Vida sin saber que al hacerlo nos traicionamos a nosotros mismos y así vamos agotando los días y las fuerzas, vamos transitando caminos que otros, tan prepotentes y presuntuosos como nosotros, construyeron y que solo conducen al aniquilamiento y la destrucción. Porque no hay senderos ni señales ni recompensas ni destino, no hay principio ni final, solo hay Vida en nosotros y a nuestro alrededor.

 Solo tenemos que cerrar los ojos, que buscar el silencio, que acallar la mente, que olvidarnos de quienes creemos que somos y Ella aparecerá sin forma, sin límites y nos hará estallar en pedazos, destruirá los caparazones de piedra que nos hemos construido para refugiarnos de nuestro olvido.

 Ella irrumpirá en nosotros como un océano de amor desbordado y arrastrará nuestro orgullo, nuestras obras, nuestras certezas, nuestra fe y nos dejará rotos, nos aniquilará hasta lo más profundo, hasta que no sepamos quiénes somos, hasta transformarnos en puro vacío, en Nada… Y será entonces cuando comprenderemos, cuando nos reconoceremos, cuando al fin sabremos por qué y para qué Ella nos trajo a esta playa solitaria de aguas amnióticas y arenas de cristal. Y a partir de ahí, resucitados, comenzaremos a caminar siendo conscientes de cada paso que damos, de cada respiración que exhalamos, de cada latido de nuestro corazón y descubriremos entonces que nosotros somos esa Vida, que siempre fuimos Vida y que tras el final seguiremos siendo Vida.

 Sara
(Gentileza de E. M. Lozano).

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