La filosofía antaño

“… omen

Inmersos en la aventura tecnológica, como estamos, necesitamos dar con el arte de la vida como fundamento para vivir en armonía y lograr el pleno desarrollo. Antaño fue la filosofía el arma para hacer crecer a la persona, como práctica y sistema global de la vida. Hoy en día queda reducido a las aulas de la academia y, como mucho, es una herramienta de reflexión, sin ninguna repercusión directa en la vida diaria.  La ‘maestra de la vida’ por antonomasia ha pasado a ocupar un lugar irrelevante en la sociedad actual. Considerada estéril por una buena parte de la población, tiene un porvenir más que oscuro. Aunque hay personas inquebrantables, dispuestas a luchar para que la filosofía recobre la fuerza y el prestigio que se merece.

Somos optimistas y estamos convencidos de que tiene que resurgir aquel saber de la filosofía que está unido, no tanto a la explicación de la realidad, como a la experiencia de un nuevo conocimiento donde se fundamente la paz y la libertad interior. No puede ser un sistema teórico. Y no debe ser propiedad de nadie. No estamos hablando de una filosofía especulativa sino de una filosofía sapiencial. En toda indagación filosófica debe presidir el amor a la verdad. No digo actuar desde una ‘tabula rasa’, pero sí, para adentrarnos en ella, disponer de una herramienta eficaz para separar el trigo de la paja.

Hay que erradicar la idea de que la filosofía solo es privilegio de personas especialmente dotadas intelectualmente. Está al alcance que todo aquel que lo anhela con sinceridad, persistencia y radicalidad, y tiene la mente y, sobre todo, el corazón abiertos.

Hemos comenzado diciendo que estamos inmersos en una especie de revolución tecnológica. Podríamos añadir ahora que estamos aferrados a valores estrictamente pragmáticos. Y estos valores son, precisamente, los que provocan la anemia espiritual de nuestro tiempo, que hunde sus raíces en el siglo pasado. La filosofía ya no impregna la vida y la sociedad, es que no le interesa en absoluto a la élite económica y al poder político.

Estos demandan técnicos y gestores, y no pensadores. Además de ello, la propia filosofía también tendrá que reflexionar sobre por qué se ha llegado esta situación: a considerar irrelevante su aportación. Sin embargo, una sociedad, donde la dilucidación filosófica y la reflexión crítica están fuera de circulación, no puede funcionar, está mermada y se presta  a todo tipo de manipulación.

[cf. M. Cavallé, ( … Filosofía como terapia),  12-28)]

 

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