Utilidad

En nuestra sociedad economicista, la utilidad está directamente relacionada con el interés económico, el poder o la fama. Se consideran actividades útiles las relacionas con el ‘tener’, mientras que relegamos a un segundo plano lo relacionado con el ’ser’. Son útiles todas aquellas actividades que favorecen el confort y el bienestar material. No goza de igual prestigio lo que tiene que ver con el ‘ser’ o crecimiento de la persona, como pueden ser la cultura y la espiritualidad. De ahí que los padres a sus hijos y los profesores a sus alumnos recomienden siempre estudiar carreras que les puedan facilitar situarse bien en el ranking  laboral.

Distingamos aquello que es fin en sí mismo y aquello que constituye un medio para conseguir un fin. También se puede enunciar así: jugar, componer, contemplar, amar… son actividades que no persiguen un objetivo externo, son objetivos en sí mismo. El medio y el fin se identifican. Estudiar, fabricar zapatos, montar una máquina… son actividades con un fin externo; por lo tanto, actividades de valor instrumental.

Las actividades orientadas, incluso, a la formación y aprendizaje solo pueden ser eficaces y beneficiosas si son percibidas y vivenciadas como placenteras y llenas de sentido en sí mimas. Lo que se experimenta como aburrido e ingrato no produce ningún efecto positivo.

Lo que es valioso en sí mismo: nos sitúa o nos recoloca ante la vida. No es una suma de conocimientos sino que nos reestructura desde el fondo. Hace de nosotros una persona nueva, diferente.  Permite el crecimiento de nuestra esencia. El saber y los actos deben justificarse en sí mismos. Están destinados a satisfacer nuestro anhelo del bien. El socorrer a un necesitado es bueno es sí mismo y no porque con ello estemos haciendo méritos, por ejemplo, para la otra vida o a los ojos de los de los conocidos.

Los actos que se justifican por sí mismos tienen la virtud de proporcionar la plenitud. Es necesario el fabricar aviones (aunque uno, personalmente, nunca haya montado en uno de ellos), pero eso, sin más, difícilmente conducirá a nadie a la plenitud. Es más: un porcentaje elevadísimo de personas tienen una segunda ocupación; cuando acaban la jornada laboral, muchos se dedican a otras actividades “no útiles” desde el punto de vista del trabajo. Unos practican su deporte favorito, otros se reúnen en la taberna con los amigos; muchos se involucran en actividades sin ánimo de lucro (ONGs), otros van a la iglesia, algunos se dedican a escribir, otros a tocar algún instrumento musical…

Una partida de mus no tiene aparentemente utilidad alguna, pero a los participantes les hace pasar momentos de disfrute inolvidables; qué cosa más vulgar jugar al mus, pero tiene sentido pleno en sí mismo. Conozco mucha gente (y eso me dice, estadísticamente, que hay mucha más) que se pasa las 24 horas del día pensando en cómo aumentar su patrimonio y no es feliz. Hace poco me decía uno personalmente: «Toda la vida trabajando sin parar y solo tengo dinero, nada más que dinero». Por supuesto, la dignidad de la persona exige que sus necesidades económicas estén cubiertas, pero de ahí para arriba la felicidad no está en el dinero.

     [cf. M. Cavallé, (LA  SABIDURÍA RECOBRADA . FILOSOFÍA COMO TERAPIA),  28-42)]
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