ARANTZAZU 2015

Aquí en Arantzazu-2015, con Enrique Martínez Lozano

Aquí, en Arantzazu, lugar ‘tres b’: bueno, bonito, y… barato,
setenta y tres amigos, un maestro, un organista que nos despierta ante el retablo infinito.
Vinimos para, a través de la presencia de un testigo excepcional,
mirar al hombre, al maestro, al sabio de nombre Jesús
que nos descubre lo sabio que cada uno de nosotros es.

Aquí, degustando la ‘jubilación activa’, descansando no más en la atención de lo que somos,
obedeciendo al vibro-eco-tiiinnn del cuenco tibetano, para convertirlo en
cuenco de nuestras propias manos a la escucha apadiada de nuestro latido…
Aquí aprendiendo los modos de venir a casa a través de la ‘gimnasia sagrada’,
intentando atender para no pensarlo todo, atender para saborear lo que somos,
nada más que saborearlo.

Sí, practicando el despertar, el soltar nuestra cabecita,
el abrirnos a la mañana de toda la realidad,
el reconciliarnos con lo que somos y el sentirnos como un todo.
El permitirnos descansar en la quietud de lo que es.

No es un descubrimiento fácil,  porque  “la salida está dentro”.
Pero, con toda suavidad, aunque también con toda firmeza,
vamos dando cada vez el paso del pensamiento a la atención,
de la mente a la consciencia, ayudándonos con algún truquillo,
como ese de imaginar que nuestra cabecita es una posada
de la que amablemente vamos echando a sus huéspedes
(“por favor, vayan saliendo, pasen, la salida está afuera…”).
O ese otro truquito de atraer nuestra atención a la sensación de contacto,
a nuestra piel que no termina nunca. Y, sintiéndonos sin barreras,
sin adentro y  sin afuera, insistir hasta llegar a la bellísima atención desnuda,
ese firmamento azul, limpio de cavilaciones y de rumiaciones.

A ratos, al menos a ratos, llegaremos lejos:
sentiremos que somos “cielo” y que todo lo demás es “clima”.
Aunque más fácil será sentirnos montaña que respira y permanece
a pesar del azote de los elementos.  O sentirnos árbol, y entonces
ver que el vendaval arrecia, las  hojas caen, pero el árbol sigue ahí,
a la vez de pie y  descansado, sin pretender nada.

Lo saborearemos, pero no será un saboreo terminado, porque estamos en camino,
o, mejor dicho, caminando, que es gerundio. Se trata de insistir,
aflojando cada vez la tensión, soltando las expectativas, renunciando a lograr nada,
atendiendo a la atención para que no decaiga, es decir, volviendo en cada ahora a casa,
y bienestando en ese lugar donde siempre estamos a salvo.

Un ser humano muy presente viene en nuestra ayuda. Encarnó esto y más,
y puede ser nuestro maestro. Es ese ser humano “oxímoron”:
ese trastornado y coherente, ese que optó ser pobre y fue libre,
ese apasionadamente religioso que condenó la religión de su tiempo,
ese ser humano en paz en medio del perpetuo conflicto,
ese que se puso abajo para expresarse como hombre  compasivo.
El que nombra ‘Abba’ a su núcleo último de referencia y sentido.
Ese vulnerable pero con capacidad gigante de resituarse con rapidez
y reconectar con el cielo de su fondo.
El que soñó la reconstrucción de su pueblo con los materiales de la radicalidad del bien.
Él lo hizo. Y su hacer nos provoca, esto es, nos llama hacia adelante,
nos subvierte poniendo en nuestra carta a los descartados,
nos muestra lo que es tener entrañas maternales para los dolidos y expulsados,
a vibrar con ellos, pero también —¡ojito!—, a vibrar cada uno consigo mismo, a quererse,
para desde ahí amarlo todo. Lo único que no podemos permitirnos es
ser indiferentes, o sea no ver, ser ciegos, pues eso enterraría nuestra vida.

El sabio Jesús nos enseña que lo que él es lo somos todos, que su plenitud
es un proyecto para todos, y es un proyecto de felicidad, que se despliega:
renunciando a la seguridad,  dejando de vanagloriarnos de nuestros éxitos
pero también dejando de hundirnos por nuestros fracasos,
optando por no congelar nuestra ternura ante el dolor del mundo,
llorando, pero sin añadir sufrimiento a nuestro dolor;
decidiendo ser resilientes, fuertes y flexibles,
reconciliándonos con la bondad de fondo para ser hacedores de paz.
Y, claro, prestando toda la ayuda que esté en nuestra mano, siempre.

Todos nosotros, pequeñas-pequeños, somos grandes —nos dice—, somos luz, somos
camino, pan, vid, vino, queso, cuidadores, alimentadores, resucitadores de la vida.
¿Todo esto es demasía? ¡Somos demasía! Aunque solo paso a paso iremos re-cordando
(pasando una y otra vez por nuestro corazón) la memoria de lo que somos.

Y allá vamos, al rumor de su recuerdo: ‘Ven —nos dice—, no tengas miedo,
no atrapes las cosas, ¡suéltalas!. Se amable contigo mismo, ámate sin discusiones. Entonces podrás hacer profundamente el bien a todos’.
Y vamos reconciliados, agradecidos, alentados, deseándonos profundamente el bien.
Vamos en paz: sabremos ver que todo es Vida que se despliega, y que somos parte de ella
para siempre. Caminaremos clamorosamente acompañados, bien acompañados , que,
incluso nuestra sombra, que nos acompaña sin tregua, nos enriquecerá siempre.

[¡Ah!, y confiamos, Iñaki, Martxi…, en que volveremos con Enrique para que, por favor,
con su paciencia, alegría y elegancia nos enseñe otra vez qué es ‘lo que es’].
[Y volveremos para que Martín nos regale nuevamente la pregunta crucial sobre la que cada uno tiene que contestar en la práctica de su cada día].

Muchas gracias.

Carlos Villalba

 

Arantzazu, 2015 (Pello Esnal)

 La estrofa (bertso, en euskera) trata de recoger lo vivido el fin de semana en Arantzazu.
Recoge palabras que hemos escuchado una y otra vez: ura (agua, gota), itsasoa
(mar,    océano), zoriona (felicidad), bizia (vida), garena (lo que somos),
Izatearen osoa (plenitud del Ser)…
Nos recuerda actitudes básicas: atención, aceptación, compasión, agradecimiento…

En la estrofa hallamos huellas de la parábola del Hijo pródigo o del Padre compasivo:
la vida errante del hijo menor (seis primeros versos)
la pregunta del padre compasivo (verso 7) y sus palabras recordando dónde
se encuentra la casa e invitando a regresar a ella, que es la de todos (verso 8 y 9),
la invitación del padre a celebrar el regreso a casa, a lo que somos, a la   vida
(últimos cuatro versos).

En la estrofa resuena, también, ese precioso relato que nos ha llegado de Oriente con el título de “El pequeño pez”.

La estrofa queda abierta. Cada uno la ha de adaptar según sus vivencias. No le resultará difícil recordando lo vivido en Arantzazu, al hilo del gozoso resumen de Carlos.

He aquí a continuación 1) la estrofa (bertsoa), 2) “El pequeño pez”, 3) la traducción de la estrofa.

Bertsoa

Eguneroko zurrunbiloan,
hara eta hona soa,
ur joanaren oroitzapena,
datorrenaren mintzoa,
beti galdezka non aurkituko
zorionaren altzoa…
Nora zoaz zu, gaixoa?
Hauxe duzu itsasoa,
hauxe dugu itsasoa…
Goza dezagun mugagabeko
bizipozaren gozoa.
Bizi dezagun garen-garena,
Izatearen osoa.

“El pequeño pez”

El relato nos ha llegado a través de Antonhy de Mello. Dice así en su versión castellana:

“Usted perdone”, le dijo un pez a otro, “es usted más viejo y con más experiencia que yo, y probablemente podrá usted ayudarme. Dígame: ¿dónde puedo encontrar eso que llaman Océano? He estado buscándolo por todas partes sin resultado”.
“El Océano, respondió el viejo pez, es donde estás ahora mismo”
“¿Esto? Pero si esto no es más que agua… Lo que yo busco es el Océano”,
replicó el joven pez, totalmente decepcionado, mientras se marchaba nadando a buscar a otra parte.

Anthony de Mello
El canto del pájaro: 26

Traducción

La estrofa se articula en tres partes.
La primera –los seis primeros versos–  recoge la inquietud y zozobra del pez pequeño:

En el torbellino de cada día,
con la mirada distraída aquí y allá,
recuerdo / nostalgia del agua que fue,
voz del agua que vendrá,
siempre preguntado, en busca
del regazo / remanso de la felicidad…

La segunda parte –los tres versos centrales– se hace eco de las palabras sabias y cariñosas del pez experimentado. Son versos de transición de un mundo individualista a otro no dual y compartido.

¿ A dónde vas, pobre de ti?
Esto es tu mar.
Esto es nuestro mar…

La tercera parte –los cuatro últimos versos– es una invitación a celebrar la vida y la plenitud del Ser que somos.

 Gocemos del
gozo infinito de vivir.
Vivamos lo que somos,
plenitud del Ser.

 Pello Esnal
esnal@euskalnet.net

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