Apariencias

«He declarado la guerra a las apariencias». Así se despachaba un amigo mío, mientras tomábamos un café mañanero en la barra de un pequeño hotel, en la zona de Goierri guipuzcoano. Según el estimado amigo, las apariencias, aunque un proverbio popular diga que engañan, cuentan mucho en esta vida y no dudamos en intentar aparentar. Eso va unido a una imperiosa necesidad de ser políticamente correctos. Parece que nos va la vida en ello.

Muchas veces ocultamos, incluso, nuestra verdad. No la proclamamos abiertamente, incurrimos en serias contradicciones, no expresamos lo que pensamos, sacrificamos la sinceridad para quedarnos bien ante quien corresponda.

Mi amigo atribuye a la presión social muchos comportamientos cobardes. Me decía que el otro día un señor le llamó para mostrarle su extrañeza por haber publicado un twett “ofensivo” para sus creencias religiosas. Por lo visto, eso no se ajusta a la imagen que dicho señor tiene de mi amigo. Mi amigo proseguía su discurso con reflexiones como esta: «Parece ser que se ha convertido en un pecado imperdonable el defraudar a alguien». Y puede que mi amigo tenga razón porque, hoy en día, se tiende a etiquetar todo, desde los objetos hasta las personas. Y. muchas veces, te catalogan y te valoran según con quien te vean hablar o simplemente por exponer libremente tu opinión nada grave. Mi amigo pretende ser el elemento común en la “intersección de dos conjuntos “. Pero recibe palos desde ambos estadios.

Impera el dualismo: o eres de los nuestros o eres nuestro enemigo. No hay forma de vivir una sana unidad y convivencia entre los diferentes. Somos demasiado suspicaces. Muy celosos. En cuanto ves a uno de tu grupo relacionarse con otro que no lo es, enseguida lo colocamos bajo sospecha de no ser fiel a nuestros intereses. Y de ahí a hacerle el vacío o echar del grupo no hay más que un paso.

Pero a nadie gusta que lo echen, y hay personas que están dispuestas a pagar un alto peaje para ser admitidas en el grupo. Antes de verse marginadas, prefieren transigir muchas cosas. Y esto ocurre en todos órdenes de la vida. Por ejemplo, a veces, no decimos o no escribimos aquello que es evidente para nosotros, porque tenemos mucho miedo de importunar a la audiencia y nos responda con rechazo. Nos cuidamos muy mucho de no dar nuestra opinión en determinados círculos por no molestar, porque pensamos que podríamos herir la sensibilidad de alguno, podría enfadarse y perder la amistad con esa persona.

A nuestro ego le agrada mucho la palmadita en el hombro, y no le importa reprimirse si con ello logra el favor que persigue, no le importa aparentar, desea fervientemente estar a lado de gente que para él importante; es enorme su afán de protagonismo, y con tal de recibir el aplauso de los que lo rodean, no le preocupa hacer concesiones de la forma que sea. Y, sobre todo, le gusta tener siempre razón.

Pero el ego es un saco sin fondo: cuanto más le eches, más necesita. Por consiguiente, no tarda en volver a sentir el vacío interior y la insatisfacción, y tenemos los mismos miedos que teníamos antes de esas concesiones. Se convierte en “pescadilla que se muerde su cola”.

La verdad es que no sabemos hasta que punto merece la pena tener trato con una persona que no nos respeta ni nos acepta como somos, que nos hace de menos, etc. Tenemos que dejar de mendigar aprobación y buen trato. Eso no es ser uno mismo, no es ser auténtico. Ser auténtico significa escuchar nuestra voz interior y actuar conforme a ella, fuente de donde brota nuestra verdadera autoestima.

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