Existencialismo vs. esencialismo

Digamos que es existencialmente útil aquello que necesitamos para seguir viviendo en este mundo: alimento, ropa, dinero, casa, unas creencias, ideología… Pero hay otro tipo de necesidades que denominamos esenciales, o esencialmente útiles: el arte, la música, la filosofía, el deporte, la cultura…

Los dolores y las alegrías existenciales y esenciales son sustancialmente diferentes. Cuando tenemos cubierta una necesidad fisiológica, por ejemplo, experimentamos placer y sosiego. Por el contrario, cuando una necesidad de ese tipo no está cubierta sentimos dolor. El dolor existencial se resuelve aumentando nuestras posesiones materiales, mejorando nuestro prestigio social, obteniendo resultados intelectuales…

El dolor esencial no se solventa con ‘tener’ más. Por eso cometemos muchas veces el error de hacer comentarios impropios cuando una persona, aparentemente con sus necesidades cubiertas, sufre una depresión, está angustiada… o, incluso, atenta contra su integridad física. El vacío esencial solo se supera cuando dejamos de lado el impulso de ‘tener’. Se supera cuando sencillamente deseamos ser, sin ansias de ser ‘esto’ o ser ‘lo otro’.

Tenemos que dejar activamente que las cosas sean lo que son; entonces alcanzaremos una libertad que no nos fallará y nos mostrará su verdadero rostro que nosotros lo acogeremos con gusto. Tenemos que descubrir que hemos estado mendigando aquello que teníamos al alcance la mano. Cuando vivimos la vida con demasiada preocupación de ver las cosas desde el punto de vista de la “utilidad”, se extiende un velo ante nosotros, que nos impide contemplar su verdadera naturaleza. Lo único que puede satisfacer nuestras necesidades esenciales es la contemplación desinteresada, son la verdad, la belleza y el bien. Una vida que únicamente piensa en clave de utilidad, aunque existencialmente parezca satisfactoria y envidiable, esencialmente está apagada, y tiene que recurrir constantemente al entretenimiento y a la distracción. Nuestro ego nuclear solo encontrará sustento de vida en aquello que es fin en sí mismo. Entonces comenzará a cambiar nuestra forma de situarnos en la vida, comenzará nuestra transformación.

Subrayemos que hay una filosofía que lo que hace es elaborar “mapas” teóricos y, ciertamente, nos orientan. Pero, cuando accedemos a este tipo de conocimiento, aunque nos proporcionen cierta seguridad psicológica y emocional, y alivia nuestra angustia vital provisionalmente, seguimos siendo los mismos de siempre, no ha habido transformación. La verdadera filosofía es la que busca la verdad y prevalece sobre la seguridad, y llega a lo profundo de nuestro ser, y no se conforma con llenar la cabeza de ideas más o menos nuevas o progresistas. Debe alimentar nuestro ser con agua viva de la fuente de la vida. La filosofía esencial posibilita la transformación de nuestro ser y la amplía nuestro nivel de conciencia. Se traduce en una  creciente plenitud, libertad interior y serenidad. Si queremos evaluar a un filósofo, no nos fijemos en su erudición, su “tener” o “hacer” intelectual sino en lo que ha visto por sí mismo y lo que irradia su propio ser: su transformación y su crecimiento.

[cf. M. Cavallé, ( … Filosofía como terapia),  37-42)]
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